Panamá prehispánico: tiempo, ecología y geografía política (Síntesis)

Panamá prehispánico: tiempo, ecología y geografía política

(una brevísima síntesis)

Notas*Bibliografía

Richard Cooke y Luis Alberto Sánchez


Introducción

Fue el navegante español Rodrigo Bastidas quien recorrió hace poco más de 500 años una de las costas de un istmo que, en verdad, había sido descubierta por los antepasados de los indígenas panameños hace más de 12,000 años. No podemos celebrar, en cambio, el aniversario de la primera pisada de quien fuera el jefe de estos antiquísimos grupos de cazadores y recolectores en suelo panameño porque el prehistoriador no tiene la posibilidad de contar el tiempo en años, sino, con la ayuda del fechamiento radiocarbónico1, en milenios, siglos o, si tiene mucha suerte, décadas. Tampoco sabemos cómo se llamaba esta persona, ni qué idioma hablaba, ni si se le permitía casarse con su sobrina o comer carne de caballo – facetas del comportamiento humano que sí están al alcance de la historia documental y de la antropología social.

Los españoles introdujeron un idioma más a los muchos que se hablaban en Panamá en 1501 (Constenla, 1991), nuevas tecnologías, una economía monetaria y un extraño simbolismo religioso. También agregaron varios animales domésticos a la dupleta precolombina – el pato real (Cairina moschata) y el perro (Cooke y Ranere, 1992a) – y algunas plantas cultivadas, como la caña de azúcar y los plátanos (Crosby, 1991), a las muchas que los indígenas venían sembrando en tierras istmeñas desde hacía muchos milenios. La invasión y colonización españolas fueron acompañadas, además, de muchos patógenos que se burlaron mortíferamente de los sistemas de inmunidad de los amerindios causando un desplome demográfico que en muchas partes precedió la presencia física de los invasores europeos (Dobyns, 1983; Ramenofsky, 1988:1-21).

El objetivo de este brevísimo ensayo es el de sintetizar la prehistoria de los indígenas prehispánicos del istmo (Figura 1) enfocando tan sólo tres aspectos: la antigüedad de la población amerindia y su continuidad en el espacio y en el tiempo; el paisaje antropogénico y la geografía cultural y política.

Despoblación

Comencemos con un proceso que coincidió con la llegada de los compatriotas de Bastidas: la despoblación. La historia documental es elocuente: “toda la mayor parte de la gente que había desde el Darién hasta Nombre de Dios y después atravesando allí a la costa del Sur, es muerta y destruida”, aseveró un padre dominico en 1515 (en Jopling, 1994:40), observación que fue confirmada por Fernández de Oviedo (1853:123) ocho años después: “Cueva estaba muy poblada de mar a mar y desde el Darién a Panamá lo cual todo al presente está cuasi yermo e despoblado”. La extinción de lo que la gente de Pedrarias pensaba era una fuente inagotable de manos humanas para extraer perlas y oro picó la conciencia hasta de los más desalmados. “Todas estas gentes que se traían, que fue mucha cantidad, llegados al Darién los echaban a las minas de oro”, lamentó Pascual de Andagoya, “y como venían de tan luengo camino trabajados y quebrantados de tan grandes cargas que traían…morían todos: en todas estas jornadas (los españoles) nunca procuraron de hacer ajustes de paz, ni de poblar, solamente de traer indios y oro al Darién, y acabarse allí” (en Jopling, 1994: 29).

Los cronistas e historiadores han procurado ponerle números a la población indígena existente en el istmo en 1501. Sus estimados abarcan desde los dos millones de habitantes propuestos por Fernández de Oviedo (1853: 38, 124) hasta los 150,000-250,000 sugeridos por Alfredo Castillero C. (1995:39). Aunque la segunda cifra nos parece más realista que la primera, existen tan pocos datos confiables sobre la distribución regional de los sitios arqueológicos y, de aquí, sobre el tamaño de la población al momento del contacto español, que lo único que nos atrevemos a asegurar es que había mucha gente distribuida en miles de comunidades esparcidas a lo largo del istmo aún en áreas hoy en día consideradas marginadas o de difícil acceso. Las mayores poblaciones y las sociedades más complejas se encontraban cerca de las costas o en valles fértiles. Su sustento diario lo daba la agricultura, la cacería, la pesca y la recolección de invertebrados y de los productos de algunas especies de plantas silvestres. Antiquísimos sistemas de trueque proporcionaban artículos producidos en territorios vecinos o distantes: “Cuando los indios no tienen guerra,” nos dice Oviedo (1853:140) “todo su excerçiçio es tractar é trocar quanto tienen uso con otros…llevan sus cargas á cuestas de sus esclavos”.

En la figura 2 se presenta confirmación paleoecológica de la despoblación del pos-contacto y de la antigüedad de la agricultura de tala y quema en la cordillera veragüense donde la estación seca es corta e intensa. La mancha oscura grafica la cantidad de fitolitos de árboles que se depositó en los sedimentos de la laguna de La Yeguada durante los catorce milenios que transcurrieron desde su represamiento por una erupción volcánica2. Llaman la atención cuatro inferencias claves: (1) tan pronto como llegó el ser humano a esta cuenca, para el 9000 a.C., se puso a tumbar y quemar la vegetación, (2) durante casi siete mil años había muy pocos árboles en las cercanías de la laguna, (3) a partir de la conquista española el bosque regresó porque los agricultores indígenas habían desaparecido, (4) el hecho de que los árboles pudieron recolonizar el área rápidamente sugiere que habían sobrevivido bosques extensos en zonas cercanas pese a las actividades agrícolas (Piperno et al., 1990; Piperno y Pearsall, 1998).

Colonización

Los datos paleoecológicos recogidos en lagos y ciénagas también nos informan sobre el estado del ambiente panameño en postrimerías de la última Edad de Hielo (12,000-8000 a.C.) cuando los seres humanos colonizaron el istmo. Aunque para esta época el clima mundial estaba calentándose al derretirse los glaciares y al ascender los niveles de los océanos, en Centroamérica, las temperaturas atmosféricas permanecían más bajas que en la actualidad. Además, llovía tal vez un 30% menos. La vegetación también era distinta pues los bosques de robles, encinos y magnolias descendieron desde los 1500 metros de altura hasta los 500 metros. Herbazales y matorrales cubrían casi toda la vertiente del Pacífico, el Petén y Yucatán incluyendo amplias zonas de los actuales golfos de Panamá y Chiriquí, que aun eran tierra firme porque las aguas del Pacífico no los habían cubierto (resumido en: Piperno y Jones en prensa; Pearsall, 1998: 90-107, 168-182). Estos ambientes albergaban mamíferos y reptiles que eran cazados por gentes cuyas herramientas de piedra eran sorprendentemente parecidas a las de la tradición tecnológica conocida como ‘Clovis’ en Norteamérica, la cual alcanzó su apogeo unos 9000 años a.C. y a otra subsiguiente que producía una clase de punta de lanza llamada ‘Cola de Pescado.’ En Panamá se han hallado los utensilios de piedra de estas tradiciones llamadas ‘paleoindias’ en varios sitios de los cuales los que han proporcionado laos datos más precisos son Lago Alajuela, La Mula-Oeste (Sarigua), Sitio Nieto (Llano Grande de Ocú) y la Cueva de los Vampiros (Figuras 3 y 4; Ranere y Cooke, 2002). Este último sitio, localizado en la desembocadura del río Santa María, es tan sólo el segundo en toda la América Central donde estas clases de artefactos se han asociado con fechas de carbono-14. Los resultados de excavaciones realizadas en 2002 señalan que este abrigo rocoso fue utilizado como campamento ocasional a partir del 9,500 a.C., inicialmente por gentes de la tradición ‘Clovis’ y luego por los sucesores de éstos (Pearson y Cooke, 2002). Aunque un fogón hallado en La Mula-Sarigua no se asoció con artefactos humanos, la fecha de radiocarbono producida por un pedazo de leña (9,350 + 250 a.C.) encajaría, según los expertos, con la cronología trazada para estas tecnologías de modo tal que los materiales hallados en Sitio Nieto y La Mula-Oeste representarían los albores de la tradición ‘Clovis’ (Crusoe y Felton, 1974; Morrow y Morrow, 1999; Pearson, en prensa, 2002; Ranere, 2000; Ranere y Cooke, 2002).

Agricultura

Volvamos a La Yeguada para introducir el siguiente proceso: la domesticación de las plantas cuyo milenario desarrollo en el trópico americano condujo a la clase de agricultura que fue presenciada y descrita por los cronistas españoles en el siglo XVI de nuestra era. La deforestación continua y cada vez más intensa demuestra que algunas gentes permanecieron allí quemando el bosque hasta que, para el 5000 a.C., quedaban pocos árboles en la cuenca. Este panorama sugiere que en esta zona ya se practicaba la agricultura de roza, es decir, se quemaba la vegetación tumbada en el verano para sembrar al inicio de las lluvias. Después de la cosecha, el lote se abandonaba y los agricultores buscaban otro sin talar para la siembra del año entrante. En esta época los indígenas del istmo todavía no hacían hachas pulidas de duras piedras ígneas – tecnología que no aparecería sino hasta el 500 a.C. – por lo que la preparación de los suelos debió ser muy laboriosa y dependiente del fuego.

Hace 30 años pocos arqueólogos se imaginaban que los indígenas del trópico americano practicaran la agricultura durante estas etapas tan remotas anteriores a la vida aldeana. Hoy en día, solo los más tercos no lo aceptan, gracias no solo al auge de las investigaciones paleoecológicas en lagos y ciénagas de la América tropical, sino, también, al descubrimiento de nuevos métodos de identificar restos de plantas, de técnicas de excavación más cuidadosas y exhaustivos recorridos sistemáticos en los que los arqueólogos logran ubicar sitios arqueológicos de todas las clases y edades, desde grandes aldeas que cubren decenas de hectáreas, hasta pequeños caseríos con dos o tres viviendas, campamentos efímeros e inclusive, restringidas áreas de actividad en donde algún día, un indígena afiló un utensilio de piedra dejando atrás un puñado de lascas (Cooke y Ranere, 1992 a,c; Dahlin, 1980; Drolet, 1980, 1984a-c; Griggs, 1995, 1998; Linares et al., 1975; Sheets, 1980; Shelton, 1986; Weiland, 1984).

Señalábamos que los materiales que los investigadores utilizan para investigar sobre los orígenes y el temprano desarrollo de la agricultura en el trópico consisten mayormente en partículas microscópicas: el polen, los fitolitos y los granos de almidón, los cuales se preservan, tanto en los sedimentos y suelos formados por las actividades humanas, como en la superficie de las piedras de moler, la cerámica y hasta los dientes humanos (Figura 5; Piperno, 2001; Piperno y Pearsall, 1998:209-227, 286-97; Piperno y Holst, 1998; Piperno et al. 2000b). La mayor parte de los sitios arqueológicos panameños en los que se halla esta clase de evidencia son asentamientos costeros, como Monagrillo y pequeñas casitas de piedra, como el Abrigo de Aguadulce (Coclé), la Cueva de los Ladrones (Coclé) y la Cueva de los Vampiros (Coclé), en los cuales se ha identificado, en capas fechadas entre 6000 y 1000 a.C., alimentos que hoy casi no se consumen como el sagú (Maranta arundinacea) y el lerén (Callathea allouia), además de otros que posteriormente se convirtirían en el sostén alimenticio del trópico americano: la yuca (Manihot esculenta), el maíz, los zapallos (Cucurbita), los ñames americanos (Dioscorea) y los camotes (Ipomoea batatas) (Piperno y Holst, 1998; Piperno y Pearsall, 1998: 209-227; Piperno et al., 2000a,b). Investigaciones genéticas han confirmado que el maíz fue domesticado originalmente en México (Doebley, 1990; Matsuoka et al., 2002), en tanto que hay buenas posibilidades de que la yuca sea oriunda del sur de Brasil (Olsen y Schaal, 1999), lo que señala que los agricultores istmeños probablemente adquirieron las semillas de estas plantas mediante el trueque en cadena con otros grupos agrícolas. Aunque se sabe que el zapallo común, Cucurbita moschata, es de origen suramericano, dónde y cómo fueron domesticadas otras especies de estos “melones de los indios”, como los describiera el soldado español Gaspar de Espinosa (en Jopling, 1994: 65) permanece en misterio por lo que Oris Sanjur y Dolores Piperno llevan a cabo una investigación sobre su ADN a fin de establecer una filogenia de variedades silvestres y domesticadas y comparar sus fitolitos con los especímenes hallados en los sitios arqueológicos (Piperno et al., 2000a; Sanjur et al., 2002).

Aunque estos datos afirman la gran antigüedad de la agricultura en el istmo, las variedades de las plantas que se habrían cultivado en claros abiertos en las estribaciones cercanas a las ‘casitas de piedra’ entre el 6000 y 1000 a.C. no eran tan productivas, ni tan adaptables, como las que los españoles conocieron cuando llegaron a América. El maíz tenía para estas fechas granos más menudos arreglados en pocas hileras (Figura 5). Se supone, dadas las dificultades para despejar el bosque sin contar aun con hachas pulidas, que era menos trabajo tumbar y quemar la vegetación en los cerros y en las estribaciones de aquellas zonas del istmo que tienen veranos prolongados, que bregar con los densos bosques situados a lo largo de los cursos bajos de los ríos donde posteriormente se establecerían las aldeas más grandes. Recorridos realizados a lo largo del río Santa María y en la vertiente del Caribe en la cuenca del río Coclé del Norte por John Griggs, Luís Alberto Sánchez y Diana Carvajalhan verificado los datos paleoecológicos obtenidos en La Yeguada y en el curso bajo del río Chagres (Lago Gatún) al señalar que gentes que usaban cerámica del estilo llamado ‘Monagrillo’ – la más antigua del istmo – ya se habían esparcido por el Caribe central unos 2000 años a.C. (Bartlett y Barghoorn, 1973; Piperno, 1985; Cooke y Ranere, 1984, 1992b,c; Griggs, 1998; Griggs et al., 2002). Esta dispersión tan antigua de los agricultores alfareros hacia bosques muy húmedos y tierras accidentadas se explica por el hecho de que la agricultura de roza requiere que las parcelas sean cambiadas constantemente para que los suelos se regeneren. A medida que crece la población humana aumentan tanto las presiones sobre las tierras disponibles para los siembros, que las tierras no se dejan descansar por suficiente tiempo y las parcelas son invadidas por gramíneas, maleza y arbustos lo cual impulsa a los agricultores a ir más lejos en busca de tierras fértiles (Hansell y Ranere, 1997).

Otra investigación paleoecológica esta vez realizada cerca de la antigua mina de Cana en el Darién oriental demostró que, para el 2000 a.C., esta apartada zona también estuvo habitada por agricultores que conocían el maíz (Bush y Colinvaux, 1994; Piperno, 1994) – un dato que reviste gran interés debido a que el único trabajo de campo arqueológico realizado en la cuenca alta del río Tuyra se remonta al siglo XIX (Catat, 1889). A partir de esta fecha, las actividades agrícolas perturbaron regularmente la vegetación hasta que, al igual que en la cordillera Veragüense, el repliegue de los agricultores indígenas permitiese el regreso definitivo del bosque (Cooke et al., 1996). En lo que respecta al occidente del país, la inmigración hacia la alta y fresca cordillera de Talamanca demoró un poco más, probablemente porque el maíz y otros cultígenos tardaron en adaptarse a este régimen climático. Datos arqueológicos y paleoecológicos señalan que los valles de Cerro Punta y Volcán fueron ocupados a partir del 800 a.C. por agricultores provenientes de las estribaciones del Pacífico de Costa Rica y Chiriquí, los cuales establecieron las aldeas que más adelante serían dominadas por el gran centro ceremonial de Barriles (Figura 6c,d; Behling, 2000; Linares et al., 1975; Linares y Sheets, 1980).

Cacería, pesca y recolección

Desde luego, la agricultura no era la única actividad de subsistencia que los indígenas practicaban en esta época. También cazaban, pescaban y recogían conchas, cangrejos y frutas silvestres. La información más detallada sobre estos oficios proviene de sitios arqueológicos ubicados en el ‘arco seco’, zona donde la aridez y la química de los suelos del substrato geológico coadyuvan a preservar los restos orgánicos que nos proporcionan información sobre el régimen alimenticio precolombino. En sitios como Cerro Mangote (5000-3000 a.C.), y Monagrillo (2400-1200 a.C.), localizados a orillas de la productiva Bahía de Parita, se ha constatado mediante análisis arqueozoológicos la importancia de la cacería de venados, iguanas, mapaches y aves costeras, la pesca en estuarios y playas arenosas y la recolección de conchas y cangrejos (Cooke, 1995; Cooke y Ranere 1994, 1999; McGimsey, 1956; McGimsey et al., 1987; Willey y McGimsey, 1954). Estos dos sitios estaban más cerca de la línea de la costa que en la actualidad debido a que aún no se habían formado los deltas de los ríos Santa María y Parita en cuyas desembocaduras estaban ubicados. Sitios coetáneos localizados en las estribaciones, más lejos de la costa, realizaron otras actividades. Por ejemplo, los habitantes del Abrigo de Aguadulce dedicaron mucho tiempo a la búsqueda de tortugas de agua dulce (Kinosternon, Trachemys) y a la recolección de corozos (Elaeis, Acrocomia) (Cooke y Ranere, 1992a,b). Hallazgos de los huesos de pequeños peces de estero como arengas (Opisthonema), peyorras (Ilisha furthii), orquetas (Chloroscombrus orqueta) y coscochas (Ophioscion typicus) en otros sitios más distantes del mar, permiten inferir que la costumbre de salar o ahumar pescado en la costa misma para transportarlo tierra adentro, donde escasea la proteína de origen animal, se remonta al 2000 a.C. o más allá (Cooke, 2001b; Cooke y Tapia, 1994; Zohar y Cooke, 1997). Hallazgos de costillas de manatí en Cerro Mangote indican que el envío de los huesos de estos grandes mamíferos acuáticos del Caribe a las comunidades de la costa del Pacífico se remonta al 4000 a.C. En épocas más recientes, se tallaban obteniendo hermosas piezas las cuales acompañaban las sepulturas de personas importantes (Cooke, en prensa,b: Fig. 8; Cooke y Ranere, 1992a; Ladd, 1964: 245, Plate 1a-c).

En resumen, para el 1000 a.C., aquellas zonas del país donde se han realizado investigaciones paleoecológicas y arqueológicas sistemáticas, estaban habitadas por grupos indígenas que vivían en pequeños caseríos en las costas, estribaciones y cordilleras y practicaban una economía de subsistencia mixta basada en la agricultura, la cacería, la pesca y la recolección de productos silvestres. Ya sembraban variedades primitivas de muchas de las plantas descritas por los españoles cuando llegaron al istmo. Es muy probable si bien todavía difícil de comprobar que en zonas como la Bahía de Parita la misma población ocupara estacionalmente los mismos sitios, cultivando en los alrededores de las casitas de piedra como la Cueva de los Ladrones y el Abrigo de Aguadulce durante el invierno y viviendo en sitios costeros como Cerro Mangote, Monagrillo y Zapotal en el verano.

La cultura material de estas gentes era sencilla. La cerámica ‘Monagrillo’, reportada únicamente en el Caribe y Pacífico de Coclé, Veraguas y Azuero, era muy burda siendo mal cocida y adornada con formas y decoraciones sencillas, en tanto que las herramientas de piedra que se producían para esta época eran mucho más ordinarias que las que usaron los primeros inmigrantes de la tradición ‘Clovis’ (Cooke, 1995; Cooke y Ranere, 1992b; Willey y McGimsey, 1954). No hay indicios de estratificación social en el único cementerio conocido que se remonta a esta época, el de Cerro Mangote, en el cual los artefactos mortuorios solo comprenden una que otra cuenta de concha y piedra (McGimsey et al., 1987; Norr, 1980). Cabe destacar, sin embargo, diferencias a nivel cultural en distintas regiones del istmo, pues en ‘casitas de piedra’ y campamentos a cielo abierto localizados en la cordillera chiricana Anthony Ranere y Richard Cooke hallaron utensilios de basalto descendientes de las tradiciones ‘Clovis’ y fechados entre el 4600 y 2300 a.C., cuyos dueños vivían en los bosques húmedos y que, difieren ampliamente de los conjuntos líticos coetáneos encontrados en Panamá Central. Al parecer, la vida de recolectores y cazadores sobrevivió por bastante tiempo en aquella área de por sí inapropiada para la agricultura de roza (Ranere, 1980a-d; Ranere y Cooke, 1995, 1996).

Vida aldeana

Hemos llegado casi a la mitad de esta síntesis sin siquiera mencionar la cerámica pintada con diseños geométricos y de animales, las piezas de oro, las alhajas de conchas marinas y las estatuas y metates de piedra – los artefactos que, con toda razón, se consideran los blasones de la arqueología panameña. En términos cronológicos, nuestra distribución del tiempo es justa porque no fue sino hasta el milenio que abarca desde el 500 a.C. hasta el 500 d.C., que los indígenas del istmo comenzaran a producir estos lindos objetos. Durante este milenio se evidencian cambios en el patrón de asentamiento. Las casitas de piedra se abandonaron o se usaron menos. La población comenzó a reunirse en valles cordilleranos o a lo largo de los ríos más grandes donde establecieron comunidades nucleadas – aldeas – en las que se construían casas que eran ocupadas por varios años, con postes de madera, techos de pencas y paja y pisos de arcilla. El arte alfarero mejoró ostensiblemente al producirse vasijas cuidadosamente acabadas y pulidas, aptas no sólo para guardar líquidos o alimentos, sino, también, para trasmitir información ideológica mediante diseños pintados o incisos y modelados. Durante este periodo también se acusa una mayor variedad de utensilios de piedra, los cuales están relacionados con cambios en la intensidad de la producción de alimentos y en la forma de preparar los productos más importantes, por ejemplo, navajas de jaspe para los quehaceres domésticos y hachas pulidas para cortar y trabajar la madera. El maíz, provisto ya de más hileras de granos más harinosos (Bird, 1980, 1984; Galinat, 1980), se molía sobre metates cuidadosamente construidos y provistos de soportes y, en Chiriquí y Veraguas, tallados en forma de jaguares.

Algunas de estas innovaciones tecnológicas que coincidieron con el surgimiento de la vida aldeana pueden explicarse como el resultado de la evolución natural de las técnicas existentes de producción. Otras se introdujeron ya completamente desarrolladas desde fuera del istmo. Tal es el caso de la orfebrería, la cual apareció en Panamá para comienzos de la Era Cristiana procedente de Colombia o la costa de Ecuador. Para esta época los orfebres americanos conocían una buena gama de técnicas como la fundición en moldes, el martilleo en frío y por recocimiento y según un análisis reciente de Ilean Isaza, la aleación de láminas con distintas proporciones de oro, plata, cobre y platino (Bray, 1992, 1997; Cooke et al., en prensa, a). Parece que durante los primeros 500 años de la presencia de la orfebrería en el istmo el valor de las piezas martilladas y fundidas en moldes fue más simbólico que económico siendo éstas usadas principalmente por personas que ejercían oficios especiales como los del curandero o chamán. Esta hipótesis se apoya en hallazgos de individuos enterrados en Cerro Juan Díaz (Herrera/Los Santos) y Sitio Conte (Coclé) ataviados con collares de cuentas de conchas marinas y dientes de grandes felinos. Sólo a partir del 750 d.C. se tiene evidencia de que los objetos de oro y cobre se habían convertido en símbolos de la riqueza personal y del poder político ejemplificados por las sepulturas más extravagantes de Sitio Conte y de otros sitios tristemente huaqueados, como Finca Calderón (Parita, Herrera) (Biese, 1960; Bray, 1992; Briggs, 1989; Cooke y Sánchez, 1998; Cooke et al., 2000; Cooke et al., en prensa, a).

¿Inmigraciones de gente foránea?

La introducción de nuevas tecnologías, el aumento repentino de la población y la ocupación de tierras anteriormente deshabitadas, como las montañas occidentales de Chiriquí – ¿son cambios que reflejan la llegada de gentes extranjeras que inmigraron a Panamá a fin de buscar tierras nuevas o ejercer el dominio político? O por el contrario ¿son el resultado de procesos internos que se desprendieron de la intensificación de la agricultura y de la aparición de clases sociales que exigían productos especiales para adornarse y hacerse ver políticamente, como las piezas de metal que acabamos de mencionar, los colmillos de cachalote, las alhajas de concha y los artefactos de piedras exóticas?

Aunque algunos arqueólogos hayan propuesto que la inmigración de gentes de Suramérica fue la que estimuló este rápido cambio cultural (p.ejm., Ichon, 1980: 314-325; Lothrop, 1942: 258;), la creciente envergadura geográfica y temporal de las investigaciones de campo hacen que estas hipótesis sean cada vez más difíciles de sustentar. Son en extremo escasos en el istmo los artefactos de indiscutible manufactura extranjera (Figura 7). A nuestro juicio, el papel del comercio a larga distancia ha sido sobre-estimado (Cooke et al., en prensa; Cooke y Sánchez, 2001:15-60). La antropóloga Mary Helms (1977, 1979, 1992, 1994), basándose en ideas del geógrafo Carl Sauer (1966), sostuvo que los orfebres panameños, por no tener suficiente oro mineral y por ser incapaces de hacer piezas fundidas en moldes, conseguían las mejores alhajas en Colombia o hacían viajes a centros colombianos para aprender cómo hacerlas. Aunque es posible que los objetos de oro más antiguos de los que tenemos conocimiento en Panamá no fueran producidos por artesanos locales, es obvio que, poco tiempo después de la introducción de esta tecnología, se estableció una tradición istmeña de orfebrería con sus propias características técnicas, artísticas e ideológicas. Se conocen moldes que se reventaron al vertírseles el oro. Lo que es más, existe una correspondencia llamativa entre las imágenes representadas en los ornamentos de metal, con las que se emplearon en otros medios, como el barro, la piedra y la concha. Hay evidencia de que el simbolismo de animales es más antiguo en la cerámica, que en la orfebrería. Esto no alude a ideas esotéricas traídas al istmo desde lugares lejanos, sino a un antiguo sistema simbólico y semiótico que trasmitía información compleja a una población conocedora de su significado (Cooke y Bray 1985; Cooke et al., en prensa, a; Sánchez y Cooke, 1998).

La hipótesis del desarrollo local y regional en el que los contactos sociales y comerciales más constantes y relevantes se efectuaban entre vecinos cercanos – los cuales, debido a la gran heterogeneidad ambiental del istmo no vivían forzosamente en hábitats similares con acceso a los mismos recursos (Bray, 1984) – recibe el apoyo de los resultados de investigaciones efectuadas por genetistas, etnofarmacólogos y lingüistas sobre la relaciones filogenéticos de los grupos indígenas que sobrevivieron a la conquista en el istmo – tanto los bribri, naso, kuna, ngöbé y buglé, que hablan idiomas “chibchenses”, como los emberá y waunaán, hablantes de lenguas “chocoanas” (Constenla, 1991, 1995). Lejos de ser inmigrantes recientes, procedentes de la sabana de Bogotá o de allende los Andes (Jijón y Caamaño, 1943; Kidder, 1940: 458; Kirk et al., 1974; Mason, 1940; Rivet, 1943/44), estas etnias demuestran patrones de parentesco desprendidos de una población de larguísima permanencia en la zona istmeña, la cual estuvo en cierta medida aislada de otros grupos continentales de indígenas. La disgregación sociolingüística de ésta se atribuye a los procesos de fisionamiento y aglutinamiento características de las sociedades tribales, los cuales, aducen los genetistas y lingüistas, tuvieron lugar en la zona que estos indígenas ocupan actualmente (comprendida desde el lago de Nicaragua hasta los ríos Atrato, Cauca y San Juan en Colombia) (Arias en prensa; Arias et al., 1988; Barrantes 1993, 1998; Barrantes et al., 1990; Batista et al., 1995; Constenla, 1991, 1995; Jorge-Nebert et al., 2002; Kolman et al., 1995, Kolman and Bermingham, 1997; Torroni et al., 1993, 1994).

Sin embargo, no es prudente pasar por alto hipótesis que abogan por movimientos de grupos de personas de una zona del istmo ya habitada a otra virgendurante la época prehispánica. Por ejemplo, Olga Linares propuso que las primeras ocupaciones arqueológicas que halló en Cerro Brujo, un pequeño caserío en Bocas del Toro, representan una inmigración de agricultores procedentes de las tierras altas de Chiriquí los cuales posiblemenete fueron obligados a abandonar parte de su territorio debido a una erupción del Barú para el 600 d.C. (Linares, 1977, 1980b,d,e; Linares et al. 1975). Si bien es cierto que el descubrimiento reciente de asentamientos costeros y alfareros en el Caribe de Costa Rica, muy cerca de la frontera panameña, donde se producía cerámica de la tradición Black Creek entre 1570 y 590 a.C. (Baldi, 2001), podría interpretarse como evidencia contradictoria a la hipótesis de Linares, es preciso observar que la Península de Aguacate donde está ubicado Cerro Brujo es un área de difícil acceso en la cual no existe evidencia de asentamientos humanos antes del 600 d.C. Investigaciones paleoecológicas señalan que la selva muy húmeda del Chocó colombiano fue colonizada pocos siglos antes de la conquista, en tanto que la vegetación de El Valle no demuestra evidencia de una ocupación de la última Edad de Hielo en contraste con La Yeguada (Berrío et al., 2000; Bush y Colinvaux, 1992). La historia demográfica del istmo tiene que reconstruirse región por región, valle por valle.

Dominio, rivalidad y territorialidad

Para vísperas de la conquista, la población indígena a lo largo del puente terrestre centroamericano estaba reunida en pequeños territorios controlados por “caciques” y sus séquitos, los cuales ejercían cierto grado de poder sobre el resto de la población. En lo que respecta al tamaño de los territorios y la densidad de su población, la naturaleza de los asentamientos y la estructura del poder, había diferencias de consideración a nivel regional, debido a variantes en la capacidad de sostén de las distintas zonas ecológicas y geográficas y – lo que es muy importante – a la distribución desigual de aquellos recursos que eran importantes artículos de subsistencia, lujo o trueque en tiempos precolombinos. Influyeron, también, acontecimientos que obedecieron al azar, como las erupciones volcánicas y las barreras sociales o físicas que se erigieron imprevisiblemente entre grupos antagónicos (Drennan, 1991, 1996; Fitzgerald, 1996,1998; Helms, 1979; Linares, 1977,b; Linares et al., 1975).

En el caso de Panamá, algunos territorios políticos se extendían desde la costa hasta la montaña y, ocasionalmente, de costa a costa (Helms, 1979), lo cual facilitaba el aprovechamiento de los recursos de distintas zonas ecológicas y de productos que no estaban distribuidos de forma equitativa a lo largo del istmo, como el basalto (para hacer hachas), el oro y el cobre aluvial y de veta, las conchas marinas, los productos selváticos, como la caraña (para embalsamar a los muertos), las mascotas, la sal y el pescado preservado. Evaluar a priori el potencial demográfico o cultural de una región determinada únicamente en base a su productividad agrícola, puede conducir a inferencias falaces.

Hay quienes aceptan sin titubeos lo que dijo Oviedo sobre los rangos sociales y patrones de herencia entre los “cuevas”, un grupo cultural heterogéneo cuyo territorio abarcó desde las faldas de El Valle hasta los Golfos de San Miguel y Urabá (Romoli, 1987), como evidencia fidedigna de las clases sociales hereditarias en el Panamá precolombino (Helms, 1976, 1982). El mismo Oviedo y otros comentaristas aluden constantemente a la importancia de la destreza personal para la adquisición y manipulación del poder político: “Lo más común en la subcession,” nos dice (1853:134), “es quedar por señor el que mas puede de los que pretenden la herencia…..” La frase “de los que pretenden la herencia” sugiere que tan sólo una pequeña parte de la población tenía la oportunidad de adquirir posiciones de poder por lo que tiene peso la hipótesis de que ciertas parentelas de alto rango genealógico controlaban el acceso al poder y que los miembros de éstas tenían obligaciones específicas con líderes con los que tenían lazos de parentesco (Linares, 1977b). “En estas provincias (Cueva, Acla, Coiba)”, comentó Andagoya (en Jopling, 1994), “no tenian los señores rentas ni tributos de sus súbditos, salvo el servicio personal”. Los bribris y cabécares de Costa Rica conservan vestigios de una jerarquía de clanes, los cuales llevan el nombre de algún personaje mítico, animal, planta o lugar (Stone, 1961; ver Helms, 1994: 55). Estudios de la distribución geográfica de imágenes de animales en el arte precolombino sugieren que los grupos sociales prehispánicos también se asociaban genealógicamente con algunas especies o con figuras míticas que eran mitad animal, mitad ser humano. Uno de los mejores candidatos para este tipo de relaciones es el cocodrilo (Caiman fuscus y/o Cocodrylus acutus), el cual se volvió muy popular en las artesanías prehispánicas de las comunidades cercanas a la Bahía de Parita a partir del 500 d.C. En las sepulturas de las personas más ricas de esta región aparece este icono ataviado como un ser importante, con bastones, cinturones, orejeras en forma de barras y armas de guerra y, frecuentemente, rodeado de símbolos de espinas caudales de rayas (Figura 8). En el ajuar funerario de gente más humilde, este cocodrilo humanizado no posee los atributos del alto rango (Cooke, 1998, en prensa,a; Sánchez y Cooke, 1998).

Poder masculino

En el cementerio de Sitio Conte, cuya zona investigada abarca desde el 700 hasta el 950 d.C., casi todos los 100 esqueletos hallados por los arqueólogos Samuel Lothrop y Alden Mason entre 1930 y 1940 son de adultos y el 80% de éstos masculinos. Sin excepción, las personas más importantes y ricas enterradas en este cementerio, eran masculinas. No hay evidencia de niños y mujeres ricos, lo que sugiere que el poder no era hereditario y que la política era controlada por hombres que, a juzgar por el contenido del arte precolombino y por lo que nos dicen los cronistas, se la pasaban compitiendo entre sí (Briggs, 1989; Cooke et al., en prensa, a; Linares, 1977b; Lothrop, 1937, 1942).

Los que cuestionan la magnitud de los enfrentamientos bélicos durante la época precolombina aducen, o a que imperaban controles culturales sobre la violencia (los cuales la hacían menos terrible que la clase de guerra introducida por los europeos conocedores del acero y de las armas de fuego), o a que los conflictos inter-etnia que ocurrieron con tanta frecuencia y ferocidad después del contacto, fueron exacerbados por la reorientación social y económica causada por la conquista en sí (Castillero C., 1995). Aún así, el hecho de que el maltrato y las ejecuciones de prisioneros, tanto como el acaparamiento de los bienes ajenos por parte de los caciques guerreros, se comenten constantemente en las crónicas coloniales del siglo XVI, sugiere que, en vísperas de la conquista, el istmo experimentaba momentos de gran tensión entre grupos rivales. Especialmente en el occidente del istmo, las abundantes figuras humanas talladas en piedra que agarran cabezas humanas, no parecen referirse a acciones pacíficas, como el despliegue de los cráneos de los ancestros, sino a acontecimientos agresivos, como la toma de cabezas-trofeo. De acuerdo a la información documental del periodo del contacto, los enfrentamientos inter-grupo llegaron a ser bastante destructivos de vidas y bienes. La escasez de tierras nuevas para recibir a emigrantes decepcionados con sus líderes o ávidos de mejorar la productividad agrícola para su gente cada vez más restringida en el espacio, tuvo mucho que ver, seguramente, con esta situación. No hay razón alguna, empero, para suponer que el dominio de un cacique sobre otros hubiese durado por mucho tiempo. Aunque se decía que el cacique ‘Antatará’ ejercía control sobre la costa de la Bahía de Parita, las discusiones que se suscitaron entre los miembros de su séquito a la llegada de los capitanes españoles Badajoz y Espinosa y después de la muerte de aquél sugieren que el poder cacical dependía de situaciones políticas en cierta medida efímeras e imprevisibles. Oviedo estaba consciente de que el demostrar valentía en la guerra era un escalón importante al poder. “Sacos é cabras….son….hombres de expiriençia en las cosas de las armas quellos usan,” nos dice (1853: 130), “é van con sus penachos é embixados ó pintados de xagua, é llevan insignias señaladas para ser conosçidos en las batallas.” La descripción que hace del cacique “Pocoa” en Veraguas recuerda actitudes exhibidas por otros grupos humanos caracterizados por los constantes conflictos entre parentelas, como los escoceses de Dalriada o los griegos de la época de Agamemnón y Aquiles: ….. “y el cacique Pocoa el delantero, con una gran patena de oro en los pechos, é sus varas para tirar en las manos. Porque es costumbre en aquellas partes que los caçiques é hombres principales traygan en la batalla alguna joya de oro en los pechos ó en la cabeza ó en los braços, para ser señalado é conosçidos entre los suyos é aún entre sus enemigos.” No es de sorpenderse, por ende, que muchas piezas de oro y cerámica pintada producidas en las Provincias Centrales representen a seres humanos o criaturas mitad hombre, mitad animal que agarran macanas, varas y estólicas (Figura 9; Cooke et al., en prensa; Helms, 1977; Linares, 1977b).

Artefactos y territorios: un asunto difícil de interpretar

El conjunto de artefactos hallados en Sitio Conte acusa un “estilo” particular que combina motivos e íconos en formas distintivas (Lothrop, 1937, 1942). Es obvio que este llamativo sistema semiótico, cuyas transformaciones en el tiempo ya son bastante bien conocidas y fechadas (Figura 10; Cooke et al., 2000; Labbé, 1995; Sánchez, 1995, 2000), estaba dirigido a un territorio mucho más amplio que los que habrían dominado la mayor parte de los centenares de “señoríos” o “cacicazgos” descritos por los españoles. Desde el Golfo de Montijo hasta la costa central de la Bahía de Panamá y en la vertiente opuesta del Caribe (Griggs, 1995, 1998) miles de asentamientos, pequeños y grandes, ricos y pobres, usaban e intercambiaban los mismos amuletos, adornos, vasijas y armas decorados a partir de un mismo sistema simbólico. El conjunto de objetos e iconos de esta zona – llamada ‘Gran Coclé’ por los arqueólogos (Sánchez, 2000) – se distingue de otro que, igualmente a partir del 500 a.C., llegó a caracterizar el área que abarca desde el río Tabasará hasta el Valle del General en Costa Rica, denominada ‘Gran Chiriquí’ (Corrales, 2000; Drolet, 1984a,b, 1986, 1988, 1992; Haberland, 1984; Holmes, 1888; Linares de Sapir, 1968; Linares y Ranere, editores, 1980; Shelton, 1984). En el oriente se ha propuesto una tercera área cultural, ‘Gran Darién’, a la cual nos referiremos más adelante.

En algunas publicaciones anteriores (p.ejm., Cooke, 1976b, 1984) se da la impresión de que existían fronteras fijas entre estas grandes áreas culturales de reciente formación. Esto es un error. Resulta más apropiado pensar en términos de una geografía cultural y política flexible en la que existían epicentros y periferias, así como centros de producción de distintas clases de artefactos en cada epicentro vinculadas a rutas de comercio cuya envergadura y permanencia variaban de acuerdo al valor económico, suntuario o ideológico de los bienes que cambiaban de manos. Por esto es lógico que los asentamientos costeros de Chiriquí que fueron investigados por Linares, como La Pitahaya (IS-3), hubieran recibido mayores cantidades de la cerámica policromada fabricada en las grandes aldeas de Veraguas, Azuero y Coclé, que otros ubicados en la cordillera (Cooke, 1980; Linares de Sapir, 1968; Linares, 1980). Durante 30 años que Cooke ha realizado investigaciones de campo en la cuenca del río Santa María, los llanos de Coclé y la costa este de la Península de Azuero, jamás identificó un tiesto procedente de ‘Gran Chiriquí.’ Desde luego, sería improbable que todos los grupos de objetos y productos tuvieran la misma importancia en los sistemas de trueque prehispánicos. Sí se ha constatado con datos arqueológicos la existencia de rutas que llevaban materias primas de costa a costa, como en el caso de los huesos de manatí atrás mencionados o el de extensos talleres de basalto ubicados en la cordillera de Chiriquí, Veraguas y Coclé los cuales producían hachas a medio hacer que luego eran llevadas a aldeas en ambas costas donde se terminó el proceso de manufactura (Cooke, 1978; Linares y Sheets, 1980; Ranere y Rosenthal, 1980). Según fuentes documentales, otras rutas unieron las zonas donde se adquiría del oro y cobre mineral con los talleres de los orfebres ubicados en aldeas grandes en el Pacífico, como las del cacique Cori de Panamá y de Comogre quien controlaba el curso bajo del río Chucunaque (Cooke et al., en prensa, a; Helms, 1979).

Estos procesos tan interesantes serían más fáciles de interpretar si tuviéramos en Panamá más y mejores análisis del origen geográfico de las materias primas usadas para fabricar artefactos, los cuales ya han avanzado en Costa Rica y Nicaragua (p.ejm., Bishop, 1992; Bishop et al., 1992). Esta deficiencia, así como la escasez de datos geográficos sobre la distribución de los asentamientos productores y recipientes de los bienes, aflige nuestra conceptualización de la arqueología del oriente de Panamá, la cual en comparación con ‘Gran Chiriquí’ y ‘Gran Coclé’, ha conocido muy pocas investigaciones, la mayor parte de las cuales estuvieron restringidas a la costa del Pacífico (Martín-Rincón, 2002). Aunque en esta zona, el ordenamiento de los grupos de artefactos en el espacio y en el tiempo está apenas iniciando y existen muy pocas fechas radiocarbónicas, el Proyecto Arqueológico Panamá la Vieja está haciendo un esfuerzo loable por remediar la situación mediante excavaciones cuidadosamente planeadas y ejecutadas (Rovira, 2002).

Pese a estas restricciones se ha detectado, sin embargo, un problema interesante que en futuro merece la pena investigar intensivamente ya que atañe a la geografía cultural del grupo social identificado como los “cueva” por los españoles y para el que existe una buena documentación escrita gracias principalmente a los esfuerzos de Fernández de Oviedo. En el área que comprende entre Chame y el Darién, los arqueólogos se han percatado de lo que parece ser un cambio en la distribución de la cerámica pintada y modelada, el cual ocurrió entre aproximadamente el 550 y 950 d.C. En algunos sitios que fueron importantes durante la primera mitad de este periodo (550-750 d.C.), como Playa Venado, Panamá Viejo y algunos asentamientos en el Archipiélago de las Perlas (Linné, 1929), es frecuente una cerámica policromada iconográfica y morfológicamente tan parecida a la de los estilos ‘Cubitá’ y ‘Conte Temprano’ de ‘Gran Coclé’, que deben considerarse variantes locales del mismo sistema semiótico (Figura 11; Sánchez y Cooke, 2000). Hacia el final de este periodo (750-950 d.C.), no obstante, la policromía parece haber cedido espacio a una tradición alfarera diferente, caracterizada por el modelado y la pintura roja, ejemplificada por el conjunto de piezas halladas en los años, ’70 en Miraflores (CHO-3) en el curso bajo del río Bayano (Figura 12; Cooke, 1976a, 1998; Martín-Rincón, 2002; Sánchez y Cooke, 2000). Aunque resulte difícil interpretar esta situación, una hipótesis es que, hacia el 750 d.C., ocurrieron cambios sociales o económicos – aún pobremente conocidos – que condujeron a que la población del litoral de la Bahía de Panamá se diversificara (Cooke, 1998a; Sánchez y Cooke, 2000). En una publicación popular, Cooke (1992) propuso que dicho proceso pudo haberse desprendido de desplazamientos hacia el Occidente de gentes relacionadas históricamente con los ‘chocóes’ lo cual, a la luz de recientes investigaciones, nos resulta algo ingenuo. Aún así, si bien consideramos es una imprudencia un tanto anacrónica buscar relacionar grupos de artefactos precolombinos con etnias o idiomas particulares, es cada vez más evidente la similitud que guarda la creciente heterogeneidad de la cultural material precolombina a través del tiempo en todo el puente terrestre con las cronologías y dendrogramas propuestos para las relaciones filogenéticas entre los grupos indígenas supervivientes (Corrales, 2000). Dicho patrón se compagina con la hipótesis de la paulatina disgregación de una población antigua de indígenas de milenaria presencia en el istmo en unidades sociopolíticas cada vez más pequeñas, relacionadas lingüística y culturalmente, pero políticamente cada vez más discordantes.

Centros ceremoniales

El hecho de que Sitio Conte colinde con Cerro Cerrezuela, donde hay evidencia de terrazas revestidas con piedras y con el Parque Arqueológico El Caño, cuyos arreglos de columnas de basalto talladas y sin tallar son muy conocidos (Cooke, 1976a; Cooke y Ranere, 1992c; Fitzgerald, 1991, 1998; Torres de Araúz y Velarde, 1998), sugiere que estos tres sitios desempeñaban juntos la función de un sitio de especial importancia ritual y social, no sólo para los caciques y aldeas de este interfluvio, sino para una población mucho mayor – tal vez todo ‘Gran Coclé’ donde no se ha encontrado jamás un sitio parecido. Una situación paralela parece darse en las tierras altas de Chiriquí con el caso de Barriles el que también se destaca como un centro ceremonial que trascendió un territorio mucho más amplio que el de un solo “señorío” o “cacicazgo” (Linares et al., 1975; Linares y Sheets, 1980). Se infiere, de tal modo, que la importancia simbólica y social de los pocos sitios panameños en donde se ha hallado algún tipo de arquitectura pública tuvo mucho que ver con la ideología y genealogía, ya sea porque fueron los primeros asentamientos establecidos por los ancestros de un grupo social particular en una zona geográfica específica, o porque ocurrieron en ellos eventos reales o míticos que llegaron a tener connotaciones políticas manipuladas, según su conveniencia, por las elites. Es curioso el hallazgo, en El Caño, de una figura humana que lleva un animal en la espalda que si bien es cierto puede representar una simple mascota, también puede simbolizar la costumbre, en las grandes balserías practicadas hasta hace poco por los ngöbés, de que los mejores jugadores carguen un animal embalsamado en la espalda como si este fuera una especie de guardián o alter ego (Figura 6b; Young, 1976). Las crónicas españolas describen varios juegos en el istmo en vísperas de la conquista, entre ellos uno que usaba una pelota de caucho y otro “cañas”, es decir, lanzas de madera (Jopling, 1994:70; Torres de Araúz y Velarde, 1978). Tal vez las hileras de columnas de El Caño (Figura 6a) definieron la cancha de los grandes “juegos de cañas”, o balserías, a los que acudían los jugadores más destacados de todas las aldeas que relacionaban sus orígenes genealógicos con este sitio o con los personajes míticos o reales asociados con él.

El cuidado de los ancestros

Una de costumbres más llamativas de toda la región habitada por hablantes de idiomas chibchenses y chocoanos es el resguardo que se le daba – y en algunos casos, que aún se otorga – a la preparación de los ritos fúnebres de los ancestros y el empeño prestado a conservar sus restos físicos mediante el embalsamiento, el desecamiento y el reposo en casas mortuorias. Tanto en Sitio Conte, como en Cerro Juan Díaz, las bóvedas funerarias se mantenían abiertas, cubiertas de techos y sábanas de tela de corteza a fin de recibir a los muertos de una sola parentela durante varias generaciones (Lothrop, 1937; Cooke et al., 2000; Díaz, 1999; Sánchez, 1995).

Las personas que fueron enterradas en Cerro Juan Díaz, no eran tan ricas como los guerreros de Sitio Conte; muchas eran bebés, niños y mujeres (Díaz, 1999). En aquel sitio se hallaron hornos revestidos con piedras y arreglados en un gran círculo, los cuales tal vez se usaban para desecar cadáveres para luego exponerlos en una pequeña casa mortuoria que se localizó en la cima del cerro o bien, para colocarlos envueltos en telas de corteza o en canastas llenas de ceniza. En otra área, mandíbulas humanas cuyos dientes habían sido extraídos post mortem, fueron colocadas en vasijas puestas boca abajo sobre un piso de arcilla. Se ven claramente los cortes hechos con una navaja de piedra a fin de quitarles los tejidos aun adheridos a los huesos. Algunas tumbas fueron cubiertas con techos y usadas muchas veces sugiriendo así que eran resguardadas por parentelas (Cooke, 2001a; Cooke y Sánchez, 1998; Cooke et al., 2000).

Todos estos detalles enfatizan una gran preocupación por el bienestar de los ancestros en la otra vida. Aunque en un sentido material, la gente enterrada en Cerro Juan Díaz era bastante pobre, sus conceptos de la relación entre los vivos y los muertos, no dejaron de ser muy sofisticados.

Epílogo

Desde hace 3 millones de años, cuando se cerró el paso entre el mar Caribe y el océano Pacífico, el istmo ha desempeñado el papel, no sólo de puente, sino de barrera.

Por un lado, la conexión terrestre permitió que los felinos, los osos, los zorros, y, por último, los seres humanos, sus perros y los parásitos de ambos pasaran caminando de Norte- a Suramérica. Este flujo Norte-Sur continuó en tiempos prehispánicos cuando productos norteños, como el maíz y la jadeíta y otros sureños, como la yuca, la orfebrería y la cerámica, se difundieron a lo largo del istmo. Cuando los españoles se asentaron en Panamá, sin embargo, el eje longitudinal cedió importancia al perpendicular de manera que, hoy en día, la connotación primordial del término “puente” es la de promotor del comercio marítimo con metrópolis lejanas. Tres cuartas partes de la población actual de Panamá viven en esta zona de tránsito transístmica. Para muchos metropolitanos, el “interior” es aún el mundo de la ganadería y los carnavales; el Darién, un territorio marginado e inhóspito. La distribución de la población humana y de los recursos más importantes de subsistencia y comercio era muy diferente antes del año 1502 cuando los únicos seres humanos en el istmo eran los amerindios.

Por otro lado, el levantamiento del istmo constituyó una barrera tan efectiva, que hasta donde sabemos, el sábalo real (Megalops atlanticus) del Caribe es el único pez marino que ha logrado penetrarla aprovechando, desde luego, una brecha artificial (el canal). Muchos peces suramericanos de agua dulce se tropezaron con otra barrera a sus desplazamientos hacia el Norte: el empalme de la Península de Azuero con las llanuras de Veraguas y Coclé (Bermingham y Martin, 1998). Esta barrera a mitad del istmo simboliza en el mundo natural otra característica física que ha ejercido un impacto en el mundo cultural: el sinfín de barreras más pequeñas, en la forma de centenares de ríos y quebradas que atraviesan valles empinados. De esta heterogeneidad ambiental se desprendió una gran diversidad de idiomas y culturas humanas. Cristóbal Colón se dio cuenta de esto al observar que “los pueblos, bien que sean espesos, cada uno tiene diferenciada lengua, i es en tanto que no se entienden los unos con los otro” (en Jane, 1988:103). Existen claros paralelos entre la diversidad biótica y cultural.

A partir del año 1502, estos “espesos” y políglotas pueblos vieron destruirse o cambiarse radicalmente sus modos de vida formados y desarrollados en el ambiente abigarrado del puente terrestre desde hacía más de once milenios. Catorce años después del recorrido de Bastidas, todo el territorio de los ‘cuevas’ era tierra yerma y despoblada. Treinta años después casi nadie hablaba la lengua de ‘cueva’. Los territorios de caciques otrora poderosos proveían tan pocos esclavos a las haciendas españolas, que la mayor parte de los indios encomendados hacia 1530 habían nacido fuera de Panamá. Alrededor de Natá y Panamá Viejo se han encontrado lo que a nuestro juicio son los restos físicos de los arrabales donde vivían los esclavos, concubinas e hijos ilegítimos de los colonizadores, teóricamente ‘hispanizados’, pero aun marginados. Sin embargo, tal y como lo resumiera Alfredo Castillero Calvo en su libro Conquista, Evangelización y Resistencia, en la mayor parte del territorio nacional, indígenas descendientes de las culturas prehispánicas, diezmados pero aun cultural y lingüísticamente intactos, permanecieron fuera de la órbita española. En la cordillera de Coclé y Veraguas la tradición de la cerámica policromada perduró por algunas generaciones en sitos como Bajo Chitra (Cooke et al. en prensa,b). En las faldas de El Valle, se hallaron recientemente sitios arqueológicos ocupados al parecer por los indios ‘coclé’ que siguieron hostigando a los españoles hasta 1650, cuyos descendientes viven en una olvidada reserva indígena (Arias, 2001; Griggs et al., 2002).

Jamás podremos afirmar si las vasijas policromas y piezas de oro ilustradas en las figuras 8-10 fueron creadas por los antepasados precolombinos de los ‘ngöbés’ o si las estatuas de Barriles (Figura 6c,d) fueron obra de “proto-doraces” porque la prehistoria, como dijimos al principio, no registra idiomas, ni personas, ni fechas precisas. Los genetistas y lingüistas, sin embargo, nos explican que las siete etnias panameñas que sobrevivieron a la conquista están emparentadas entre sí en diferentes grados y que, lejos de ser inmigrantes recientes venidos de la zona maya, la sabana de Bogotá o Amazonas, son producto de la paulatina disgregación de una población de larguísima permanencia en el área istmeña y atrateña y poseedoras, antes y después de la conquista española, de tradiciones que destacan por su belleza, encanto y profundo significado simbólico.


Notas

arriba

vuelve 1. Las fechas citadas en este trabajo de basan en dataciones radiocarbónicas que no han sido calibradas con referencia a la dendrocronología.

vuelve 2. Los fitolitos son partículas microscópicas de sílice que se forman en las células de algunas especies de plantas y que permanecen intactas después de la descomposición de aquellas (Piperno, 1988, 1995, 1998).


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Ilustraciones

Ilustración 1:

Mapa del istmo de Panamá que señala los sitios arqueológicos mencionados en el texto.

Ilustración 2:

Efectos de las actividades humanas en la cuenca de la Laguna de La Yeguada, Veraguas, ejemplificados por la abundancia de fitolitos de árboles en los sedimentos durante 14,000 años (a.C. – antes de Cristo; d.C. – después de Cristo). A la derecha se mencionan algunos aspectos sobresalientes del desarrollo cultural en el área (datos tomados de Piperno y Pearsall, 1998:Ilustración 5.8).

Ilustración 3:

a-b, d-f: fragmentos de utensilios de piedra de la tradición ‘Clovis’ (9500-8900 a.C.) hallados en La Mula-Oeste (Sarigua, Herrera, Panamá). Destacan algunas características típicas de los albores de dicha tradición (ver letras blancas). c: réplica en plástico de una punta ‘Clovis’ hallada en Lindenmeier, Tejas, EE.UU. Los artefactos están cubiertos con una capa de cloruro de amoniaco a fin de resaltar el lasqueo (foto: R. Cooke).

Ilustración 4:

a: excavaciones en la Cueva de los Vampiros, Coclé’, 2001. Georges Pearson (izquierda) y Diana Carvajal (derecha) excavan en las capas paleoindias (11,500-9000 a.C.) (foto: R. Beckwith). b: fragmento distal de una punta ‘Cola de Pescado’ hallada en la Cueva de los Vampiros (foto: G. Pearson). c: punta de proyectil ‘Cola de Pescado’ supuestamente hallada cerca de La Cañaza, Veraguas, Panamá. El pedúnculo y la punta están averiados (ver flechas blancas) (foto: R. Cooke).

Ilustración 5:

Las investigaciones paleobotánicas realizadas en Panamá por Dolores Piperno y sus colegas han perfeccionado nuestros conocimientos sobre los orígenes y el desarrollo de la agricultura en el Neotrópico.

Ilustración 6:

a: Hileras de columnas de basalto en El Caño, Coclé. b: columna tallada como un ser humano con un mamífero a espaldas, El Caño, Coclé’ (Museum Rieterberg, Zürich). c: patas de un gigantesco metate adornado con cabezas humanas, Barriles, Chiriquí (Linares et al., 1975, Ilustración 5b,c). d: estatuas de piedra, Barriles, Chiriquí. El objeto que la figura sentada lleva en el pecho podría representar una efigie de oro (foto: O. Linares).

Ilustración 7:

Artefactos de origen mesoamericano hallados en Panamá.

a: cuchillo bifacial, probablemente mexicano, río Belén, Veraguas (foto: R. Cooke). b: estatuilla de piedra verde, posiblemente olmeca, Chiriquí. c: vasija plomiza, Chiriquí (b,c: Lothrop, 1950).

Ilustración 8:

Cocodrilo con atributos humanos – un ícono frecuente en ‘Gran Coclé’ entre el 850 y 1500 d.C.

Arriba: plato policromado del estilo ‘Coclé Tardío’, abajo: disco de oro repujado, Sitio Conte (tomado de Hearne y Sharer, 1992).

Ilustración 9:

Efigie de oro en forma de un cocodrilo antropomorfo vestido como guerrero. Lleva una macana y una estólica (para lanzar dardos).

Ilustración 10:

Transformaciones en el tiempo de la cerámica policromada de ‘Gran Coclé’. Se nota una paulatina evolución de los estilos. Se cree que el estilo Mendoza fue confeccionado un par de generaciones después de la conquista española.

Ilustración 11:

Cerámica policromada hallada en Playa Venado, Panamá. Pertenece a los estilos ‘Cubitá’ (500-750) y ‘Conte Tardío’ (750-850 d.C.) de ‘Gran Coclé’ aunque parece haber sido producida localmente (foto: L.A. Sánchez H.). Las piezas reposan en el Museo Peabody, Universidad de Harvard, EE.UU.

Ilustración 12:

Centro: bóveda de una tumba en Miraflores (CHO-3), río Bayano (800 d.C.).

Periferia: piezas de cerámica restauradas, halladas en esta tumba, las cuales son típicas de una tradición alfarera que parece haber reemplazado la policromía observada en la Ilustración anterior después del 750 d.C. en la parte oriental de la Bahía de Panamá (fotos: J. Almendra [sepultura] y R. Cooke [cerámica]).

———————

Cita: Cooke, R. y L. A. Sánchez. 2003. Panamá prehispánico:tiempo, ecología y geografía política (una brevísima síntesis). Istmo No. 7: Noviembre – Diciembre (2003). En línea: http://collaborations.denison.edu/istmo/n07/articulos/tiempo.html

Editado por Burica Press en mayo de 2008.

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5 comentarios

  1. es muy interesante y antretenido

    • grasias

  2. tienen que ampliar mas lo que uno esta preguntando o quiere saber
    esta muy interesante

  3. que bello no lo puedo creeeer es algo grandioso escultura natural

  4. Me gusta este análisis, demuestra que nuestros aborígenes no eran ningunos ignorantes como creían los europeos, solo porque sus culturas no eran iguales… Entonces, quiénes eran los ignorantes?

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