Los manglares, protectores de la costa y de la vida

CICLOS DE VIDA Y PROTECTORES DE LA TIERRA.

El primer hogar

Estas áreas constituyen el 5.6% del área boscosa de Panamá, es decir unas 170 mil hectáreas.

Cortesía: Christian Ziegler/STRI

Crisly Florez
cflorez@prensa.com

Los manglares son una barrera protectora contra las mareas y una gran fuente de proteínas y alimentos para cientos de especies de aves, plantas y animales terrestres y marinos.

Estos bosques, considerados refugios ecológicos especiales, se encuentran en las desembocaduras de los ríos y en él convergen plantas resistentes a la salinidad.

Además, son grandes viveros donde la mayoría de las especies de cangrejos, peces y camarones viven sus primeros días, alimentados por los nutrientes que proveen y la protección que les ofrecen las raíces, explica el biólogo Stanley Heckadon, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.

En la actualidad, los bosques de manglares constituyen aproximadamente el 5.6% de la cobertura boscosa del país, es decir unas 170 mil hectáreas, según Marina Gallardo, de la dirección de Áreas Protegidas y Vida Silvestre de la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam).

En el Pacífico se concentra la mayor cantidad de manglares del país y se pueden observar en el Golfo de Chiriquí, Golfo de Montijo, Golfo de Parita, Bahía de Panamá y en el Golfo de San Miguel. En el Atlántico están ubicados en algunas áreas de Bocas del Toro, Colón y Kuna Yala.

Panamá tiene distintos tipos de manglares, en los cuales se pueden encontrar gran variedad de especies de árboles, dependiendo del suelo, como son: mangle rojo (Rhizophora mangle), mangle negro (Avicennia nítida), mangle blanco (Laguncularia racemosa), mangle piñuelo (Pelliciera rhizophorae) y el mangle botón (Conocarpus erectus).

Los manglares, fuentes de vida

Se pueden observar 13 especies de aves migratorias, pero su hábitat está siendo devastado.

LA PRENSA/Archivo

Pelícanos, aves comunes en estos bosques.858563

Crisly Florez
cflorez@prensa.com

La fauna también es diversa en los manglares. Entre los habitantes más comunes están los cangrejos, la concha prieta, la iguana verde y la iguana negra, el camarón blanco, cocodrilos, ranas, tortugas, serpientes y peces como el pargo y el róbalo, según informes de la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam) y el Instituto Smithsonian.

Rosabel Miró, de la Sociedad Audubon de Panamá, explica que, además, son sitios muy concurridos por aves como los pelícanos pardos, los cormoranes neotropicales (paticuervos), los ibis blanco, las espátulas rosadas, el gavilán manglero, la reinita amarilla y el trepatronco piquirrecto.

“Los bosques de manglar son conocidos por sostener altos números de aves migratorias insectívoras en muchas regiones neotropicales, en particular, varias especies de aves de la familia Parulidae. A menudo, sostienen más aves migratorias que los hábitats terrestres cercanos”, afirma Miró.

De septiembre de 1993 a mayo de 1995, la Sociedad Audubon hizo un estudio en los manglares de Juan Díaz en la costa Pacífica y en los de Galeta, en la costa Atlántica, para identificar la abundancia de aves migratorias durante el período no reproductivo. Durante el estudio, 453 pájaros migratorios pertenecientes a 13 especies fueron observados en los manglares de Juan Díaz, cinco de estas especies de interés especial para la conservación a escala continental (reinita alidorada, reinita pechicastaña, reinita protonotaria, reinita collareja y la reinita cerúlea). Marina Gallardo, bióloga de la Anam, afirma que también se pueden observar mamíferos como murciélagos y el gato manglatero.

Sin embargo, toda esta riqueza biológica podría estar en peligro como consecuencia de la devastación de los manglares en el país.

 

El depredador cruel de naturaleza

UN MUNDO DONDE SE DESTRUYE LA BIODIVERSIDAD .

El más cruel depredador vs. los delfines

Sheila Mae C. de Royo

El hombre, ese ser creado por Dios a través de la naturaleza a su imagen y semejanza, se aleja inexorablemente de aquella particularidad espiritual que junto con la evolución de nuestro intelecto hacia lo que es correcto, deben formar la esencia humana. Durante milenios, diversas civilizaciones han estado envueltas en actos de barbarie y, a través de los siglos no hemos evolucionado para ser realmente “civilizados”, siendo testigos de la crueldad del hombre contra su propia especie. Las guerras, venganzas o matanzas así como la tortura, persecución, privación de la libertad y hasta el sadismo por diversión, son ejemplos de sucesos que el pretendido “ser humano” ha realizado equivocadamente en defensa de su raza, ideología, cultura o religión, siendo el fanatismo el causante de pretender defender o imponer dogmas sin respetar las demás.

No hemos aprendido a respetar el sentir de nuestros congéneres, ni sus vidas; mucho menos hemos tenido consideración alguna por la naturaleza. Entre más civilizados deberíamos estar, ocurre lo contrario; estamos inmersos en un mundo de violencia que empieza dentro de nuestras propias comunidades. El comportamiento de individuos que guían los grandes intereses políticos y económicos de países desarrollados o en vías de desarrollo y la de las grandes empresas e industrias, aunados a la honestidad o corrupción de políticos o funcionarios que se aprovechan de la ignorancia de los pueblos y las actuaciones loables o triviales de los individuos, son las acciones que deben determinar el grado de civilización de cada pueblo.

Actualmente, el término “civilización” solo abarca los avances científicos, tecnológicos, industriales o las grandes construcciones y mega proyectos; todo creado por el hombre, quien se encuentra racionalmente estancado al no comprender el significado completo de la palabra “respeto”.

El hombre debe ser consciente de su responsabilidad sobre la faz del planeta; que por muy genio, profesional y culto que crea ser, mientras no respete la coexistencia con los seres vivos y el hábitat indispensable para su supervivencia, así como las idiosincrasias del prójimo, seguirá siendo no solo incivilizado sino “el animal más depredador de la naturaleza”.

En Panamá, la mayoría de nuestras grandes empresas han sido vendidas a extranjeros por comodidad, supeditando al nacional; el residente pierde progresivamente el derecho a disfrutar de áreas de gran belleza natural a donde solo tendrán acceso sus propietarios e invitados; el 80% de nuestros bosques han sido destruidos; la ciudad pierde sucesivamente su vegetación por un estacionamiento comercial o unos pocos estacionómetros, convirtiéndonos en una gran metrópoli pero carente del colorido y frescor que nos brindaban los grandes árboles citadinos a lo largo de avenidas; no se respetan a cabalidad las áreas protegidas y la tala indiscriminada de bosques y manglares que resguardan ecosistemas terrestres y marinos, continúan favoreciendo a inversionistas en aras del desarrollo que beneficia a algunos bolsillos ante el desinterés de algunas autoridades. Inconformes, ahora destruiremos la fauna marina, empezando con uno de sus más bellos, simpáticos y nobles representantes, el delfín. Después de esto, ya nada será respetado.

El Gobierno panameño ha amparado leyes para la protección de cetáceos como la ballena; El Parque Nacional Coiba protege ecosistemas marinos, insulares y costeros; nuestras aguas del Pacífico integran un proyecto que las incluye en un corredor biológico insular de 211 millones de hectáreas; y, recientemente, se creó una ley que protege el ecosistema terrestre y marino del archipiélago de Las Perlas, donde habitan delfines que también nadan libremente por la bahía de Panamá y el Parque Nacional Coiba y los que, de colocarles letreros para su salvación, no podrían leer: “Área Protegida para Delfines” o “No Traspase, Caza de Delfines”.

Nos preguntamos el por qué de la controversia sobre la captura de los delfines -lo que ya debió negarse definitivamente- porque forman parte del ecosistema protegido por leyes especiales. Cómo pueden alegar los interesados en la captura de delfines que es en beneficio de San Carlos, que siendo un poblado costero puede desarrollarse perfectamente con la infraestructura adecuada para brindar turismo de playa y no con la explotación de animales que forman parte del ecosistema marino protegido.

Creemos que ningún funcionario público que labore en una institución llamada a proteger nuestro medio ambiente, que no pueda hacer respetar las leyes de protección al mismo y, más aún, que no respete él mismo nuestra biodiversidad y sus ecosistemas, tiene derecho a ocupar dicho cargo.

Panamá progresa y estamos de acuerdo con ello y sus bellas y modernas edificaciones; pero todos debemos coadyuvar para que se desarrolle integrándose con la naturaleza que, turísticamente, nos hace especiales en un mundo donde se destruye la biodiversidad y desaparecen paulatinamente los paisajes naturales y se extinguen miles de especies animales debido a la destrucción de su hábitat, al cambio climático y al calentamiento global, todo esto ocasionado, irónicamente, por el hombre, supuestamente un animal “pensante”.

La Prensa, 2 de junio de 2007.

No quieren minería en Petaquilla

contaminación ambiental.

Indígenas exigen cierre de proyecto minero

LA PRENSA/David Mesa

minera-cerro-petaquilla.jpg

El proyecto es desarrollado por Mintera Petaquilla.

José Arcia
jarcia@prensa.com

Los indígenas de las comunidades aledañas a cerro Petaquilla, en los límites de las provincias de Coclé y Colón, no cesan su lucha en contra de la instalación de una empresa minera en el área que ya tiene una concesión del Estado.

Después de una jornada de marcha en Penonomé, Coclé, el pasado miércoles 30 de mayo, ayer realizaron una conferencia de prensa para exigir a las autoridades el cierre definitivo de Minera Petaquilla.

Su lucha cuenta con la ayuda jurídica de Julio Yao, del Servicio de Paz y Justicia de Panamá, quien adelantó que presentará en los próximos días, ante la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam), una demanda administrativa en contra de la empresa para que paralice las operaciones de la minera.

La demanda se sustentará en dos aspectos, explicó Yao: el primero es por la devastación de área boscosa por parte de la empresa sin la aprobación de un Estudio de Impacto Ambiental, y el segundo es que el contrato de concesión que tiene la empresa con el Estado es para la exploración de minerales y no para la explotación. “Lo que está haciendo la empresa es explotación de minerales”, dijo.

José Gabriel Carrizo, abogado de la empresa, dijo no entender estas alegaciones. “Nosotros hemos presentado tres estudios ambientales a la Anam”. Además –dijo– en la concesión se establecen las evaluaciones ambientales, pero Carrizo no recordó la fecha del último EIA presentado.

Sobre la concesión, alegó que la Ley 9 del 26 de febrero de 1997 establece claramente que la concesión es para la exploración y explotación de los yacimientos minerales.

Lo cierto es que los indígenas han creado el Comité Nuevo Petaquilla para hacer frente común al proyecto. Ayer los dirigentes Porfirio Sánchez, Seferino Ábrego y Alberto Miranda, de las comunidades San Benito, Sinaí y Petaquilla, respectivamente, denunciaron que los moradores cercanos a la minera están padeciendo enfermedades estomacales y dermatológicas a causa de la contaminación con químico en los ríos.

Yao dijo que solicitó a la Universidad de Panamá hacer un estudio de la contaminación, para contar con más pruebas e incorporarlas como elementos que sustentarían la demanda.

La Prensa, 2 de junio de 2007.