El depredador cruel de naturaleza

UN MUNDO DONDE SE DESTRUYE LA BIODIVERSIDAD .

El más cruel depredador vs. los delfines

Sheila Mae C. de Royo

El hombre, ese ser creado por Dios a través de la naturaleza a su imagen y semejanza, se aleja inexorablemente de aquella particularidad espiritual que junto con la evolución de nuestro intelecto hacia lo que es correcto, deben formar la esencia humana. Durante milenios, diversas civilizaciones han estado envueltas en actos de barbarie y, a través de los siglos no hemos evolucionado para ser realmente “civilizados”, siendo testigos de la crueldad del hombre contra su propia especie. Las guerras, venganzas o matanzas así como la tortura, persecución, privación de la libertad y hasta el sadismo por diversión, son ejemplos de sucesos que el pretendido “ser humano” ha realizado equivocadamente en defensa de su raza, ideología, cultura o religión, siendo el fanatismo el causante de pretender defender o imponer dogmas sin respetar las demás.

No hemos aprendido a respetar el sentir de nuestros congéneres, ni sus vidas; mucho menos hemos tenido consideración alguna por la naturaleza. Entre más civilizados deberíamos estar, ocurre lo contrario; estamos inmersos en un mundo de violencia que empieza dentro de nuestras propias comunidades. El comportamiento de individuos que guían los grandes intereses políticos y económicos de países desarrollados o en vías de desarrollo y la de las grandes empresas e industrias, aunados a la honestidad o corrupción de políticos o funcionarios que se aprovechan de la ignorancia de los pueblos y las actuaciones loables o triviales de los individuos, son las acciones que deben determinar el grado de civilización de cada pueblo.

Actualmente, el término “civilización” solo abarca los avances científicos, tecnológicos, industriales o las grandes construcciones y mega proyectos; todo creado por el hombre, quien se encuentra racionalmente estancado al no comprender el significado completo de la palabra “respeto”.

El hombre debe ser consciente de su responsabilidad sobre la faz del planeta; que por muy genio, profesional y culto que crea ser, mientras no respete la coexistencia con los seres vivos y el hábitat indispensable para su supervivencia, así como las idiosincrasias del prójimo, seguirá siendo no solo incivilizado sino “el animal más depredador de la naturaleza”.

En Panamá, la mayoría de nuestras grandes empresas han sido vendidas a extranjeros por comodidad, supeditando al nacional; el residente pierde progresivamente el derecho a disfrutar de áreas de gran belleza natural a donde solo tendrán acceso sus propietarios e invitados; el 80% de nuestros bosques han sido destruidos; la ciudad pierde sucesivamente su vegetación por un estacionamiento comercial o unos pocos estacionómetros, convirtiéndonos en una gran metrópoli pero carente del colorido y frescor que nos brindaban los grandes árboles citadinos a lo largo de avenidas; no se respetan a cabalidad las áreas protegidas y la tala indiscriminada de bosques y manglares que resguardan ecosistemas terrestres y marinos, continúan favoreciendo a inversionistas en aras del desarrollo que beneficia a algunos bolsillos ante el desinterés de algunas autoridades. Inconformes, ahora destruiremos la fauna marina, empezando con uno de sus más bellos, simpáticos y nobles representantes, el delfín. Después de esto, ya nada será respetado.

El Gobierno panameño ha amparado leyes para la protección de cetáceos como la ballena; El Parque Nacional Coiba protege ecosistemas marinos, insulares y costeros; nuestras aguas del Pacífico integran un proyecto que las incluye en un corredor biológico insular de 211 millones de hectáreas; y, recientemente, se creó una ley que protege el ecosistema terrestre y marino del archipiélago de Las Perlas, donde habitan delfines que también nadan libremente por la bahía de Panamá y el Parque Nacional Coiba y los que, de colocarles letreros para su salvación, no podrían leer: “Área Protegida para Delfines” o “No Traspase, Caza de Delfines”.

Nos preguntamos el por qué de la controversia sobre la captura de los delfines -lo que ya debió negarse definitivamente- porque forman parte del ecosistema protegido por leyes especiales. Cómo pueden alegar los interesados en la captura de delfines que es en beneficio de San Carlos, que siendo un poblado costero puede desarrollarse perfectamente con la infraestructura adecuada para brindar turismo de playa y no con la explotación de animales que forman parte del ecosistema marino protegido.

Creemos que ningún funcionario público que labore en una institución llamada a proteger nuestro medio ambiente, que no pueda hacer respetar las leyes de protección al mismo y, más aún, que no respete él mismo nuestra biodiversidad y sus ecosistemas, tiene derecho a ocupar dicho cargo.

Panamá progresa y estamos de acuerdo con ello y sus bellas y modernas edificaciones; pero todos debemos coadyuvar para que se desarrolle integrándose con la naturaleza que, turísticamente, nos hace especiales en un mundo donde se destruye la biodiversidad y desaparecen paulatinamente los paisajes naturales y se extinguen miles de especies animales debido a la destrucción de su hábitat, al cambio climático y al calentamiento global, todo esto ocasionado, irónicamente, por el hombre, supuestamente un animal “pensante”.

La Prensa, 2 de junio de 2007.

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