En honor a un ecologista artista

La vida en Trópico de Cáncer

José González Jaramillo
ESCRITOR Y ECOLOGO

EN UN tiempo donde el rock era visto por el resto del mundo no gringo como algo gringo y cantado en inglés, en Panamá en 1969, un grupo se presentó en un festival local con canciones en español, propias, sonido acústico, bongós, guitarra española, maracas, el clave y el contrabalde, un instrumento afroamericano usado por los calipsonians. Eran los tiempos del Woodstock, la juventud panameña, asediada por la presencial militar de Estados Unidos en la zona de tránsito interoceánico años antes, en 1964, había sido víctima de un baño de sangre por las armas de los paladines de la “democracia” y el “libre comercio”.

El espíritu rebelde de aquella época no se encontraba en las copias de mal gusto de “covers” que las primeras bandas panameñas tararearon, intentado parecerse a los figurines del rock star que con los años serían absorbidas por las corporaciones del gran capital. El espíritu rebelde sonaba en aquella desenchufada, melódica y rítmicamente aguardentosa banda que lideraba Ignacio Ortega Santizo, a quién todos conoceríamos después como Cáncer.

La primera vez que escuché a Trópico de Cáncer, empezaba a ser adulto; fue en la casa del artista plástico Henry Rodríguez, y me pareció escuchar el sonar de aquel istmo desdichado, el de a pie, el que existe en Calidonia, Santa Ana, la 24 de Diciembre, el istmo del barrio urbano marginal, con sus chiquillos y borrachos, esquina olorosas a meados, el istmo que anda en la gente que protesta, que discute por los problemas del país y no se queda quieto, viendo que pueda hacer para cambiar las cosas malas; para mí este era el eco de inconformidad de los sometido por el modelo transitista del reino del Estado Corsario que hoy pudre los cimientos del patria y la civilización.

Con los años me dirían que se trataba del principal exponente de la nueva trova en Panamá, pero también poeta pintor y escritor, de lo cual nos legaría esos memorables relatos de “La Cabeza de Cangrejo”, además para algunos “la voz del proceso de liberación nacional por la recuperación de la soberanía de nuestro país”; también el solidario que estuvo en la primera fila cuando los pueblos de Nicaragua, Vietnam, Palestina, Cuba, Angola, Namibia, Colombia, Chile, Saharaui se levantaron contra las tiranías, ahí estaba él dispuesto a extinguir la opresión con su arte, su voz y su guitarra. Pero más que todo, Ignacio Ortega Santizo era una actitud ante la vida, la vida en Trópico de Cáncer que él mismo definiría cuando cantó: “No se le vaya a ocurrir que me van a vencer,/que voy a retroceder, que ya no puedo seguir./No vaya usted a pensar que yo me voy a rendir,/ porque dejar de luchar es comenzar a morir…” (Canción de la terquedad).

Cáncer nos dejó esta reflexión del futuro que ahora muchos nos hacemos cuando escribió: “No hemos podido, o no hemos sabido construir una alternativa electoral que responda a los intereses populares. Para la próxima, dicen algunos. Sin embargo, los detentores del poder económico son los dueños del campo de juego y de la pelota; ponen las reglas y obligan a los demás a cumplirlas. ¿Qué tan libres son las elecciones libres? El triunfo de un candidato popular (no de uno populista) es muy difícil, por no decir, imposible. Después dirán: “No se pueden quejar, jugaron a las elecciones y perdieron”. Con el voto legitimamos la farsa”. (Buscando Camino, 19 al 25 de abril de 2004)

Por cosas de la vida en los últimos años pocas veces vi a Cáncer, sólo en febrero de 2004 hablamos como siempre de luchas y arte, de sus preocupaciones ecológicas y las mías y me mostró una canción suya sobre el tema que hablaba de contaminación y corrupción.

El 14 de julio de 2007, a las 3 a.m. dejó de existir nuestro querido compañero Cáncer Ortega Santizo para dejarnos un recuerdo sangrante, preñado de futuro; no ha muerto un cantante, sino el ser humano más obvio que existe en cada uno de nosotros, murió un artista, es decir, un revolucionario, y su obra está entre nosotros.

Ofrendemos un minuto de silencio y toda la vida de lucha a su memoria.

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