Una ciudad de Panamá secuestrada

POSTURA INDIFERENTE.

La ciudad secuestrada

Álvaro González Clare

El domingo 3 de junio participé en la caminata que convocó Alianza Pro Ciudad para reclamar los exabruptos que están cometiendo en la ciudad de Panamá. Lo hice para conformar mi abrumada conciencia ante la postura indiferente que junto con la gran mayoría de los ciudadanos aceptamos con sumisión, conformismo y miedo la apabullante destrucción de nuestro medio ambiente urbano.

Un minúsculo grupo de caminantes acompañamos a los organizadores de esta importante convocatoria, que terminó sin pena ni gloria; debimos haber sido miles de ciudadanos inconformes, hartos del malestar que causa vivir en esta ciudad gótica creada por las más aberrantes gestiones kafkanianas.

La ruta asignada para la marcha pacífica fue desde la iglesia del Carmen hasta el Mercado del Marisco, a lo largo de las avenidas Federico Boyd y Balboa, sector citadino que está ubicado dentro de lo más elitista del sector central. Sin embargo, al caminar acompañado por mi nieto Álvaro Gabriel, fue eminente protegerlo y protegerme de todas las barreras urbanas que impiden la libre y segura circulación peatonal para los ciudadanos capacitados. ¿Qué pueden esperar los discapacitados para andar por esta insegura urbe? ¡Qué decir de la mugre y fetidez! La basura atesta los tinaqueros desplazando las bolsas abiertas por los piedreros (gallinazos urbanos) al medio de las seudoaceras, obligándonos a caminar encima de los olorosos desperdicios o desplazarnos a la calzada vehicular para competir con el tráfico, que sin temblar amenaza de muerte al peatón que osa invadir su territorio. Cuando caminamos paralelo al muro de la Avenida Balboa contiguo al Hotel Intercontinental, símbolo de la más flagrante invasión del espacio público en la ciudad, vimos en plena expresión abierta, la madre de todos los tanques sépticos. La marea estaba baja, por lo que fue impresionante ver los delicados botes y yates blancos flotar en medio de un lago de excremento. ¡Ni hablar de los olores! Solo los caminantes que por reclamo a la instalación de la cementera de Rodman llevaron mascaras, pudieron caminar este tramo sin arquear de asco. Acto seguido, pasamos frente al Club de Yates y Pesca, otra invasión de galpones y galeras construidas de mal gusto, con una tapia que impide el derecho que tenemos los ciudadanos de ver el mar. Después pudimos constatar que las paradas de buses instaladas a lo largo de la Avenida Balboa por el alcalde Juan Carlos Navarro las usan los mendigos para dormir y defecar; menuda paradoja urbana.

Calle 50 Ciudad de Panamá, telarañas de pais subdesarrollado

Telarañas de Unión Fenosa en plena ciudad de Panamá, vista inequívoca de abuso por un lado, desidia por otro lado y tercermundismo pleno.

Pasamos luego frente a los megaproyectos que se están construyendo o se van construir en nuestra avenida insignia la Balboa, para apreciar en carne propia la despreciable escala urbana a que someterán al ciudadano de a pie junto a estas moles, que se construyen sin la menor consideración de la capacidad que tienen las infraestructuras instaladas. Los 200 caminantes hicimos un minuto de silencio frente a la residencia que fue de la familia Linares, como reclamo simbólico a la destrucción incontenible que está dándose sin reparo de las casas y edificios con valor histórico en los predios de Vista Mar y Bella Vista, que ya no son ni uno ni otro.

A medida que nos acercábamos al Mercado del Marisco, las condiciones de las aceras eran peores y curiosamente la altura de los cordones eran mayores, las tapas de los tragantes faltaban, los cajones de los desagües escasos, las palmas más endebles y el olor del mar cada vez más fétido. Finalmente, ya menguado el grupo al mínimo, debido a que había que regresar a pie y muchos decidieron recortar el camino, concluimos el periplo frente a la Avenida 3 de Noviembre cantando un triste Himno Nacional, con vítores anémicos de ¡viva nuestra noble ciudad!

Con mi pesada carga de conciencia, de la mano de mi nueva casta y esperanza, que me hacía inquisitivas preguntas, le contesté que la razón de todo esto que experimentamos en este pequeño tramo simbólico de nuestra pobre ciudad, se debe a que los ciudadanos estamos secuestrados por un grupo de arquitectos y constructores cuya voracidad por la colonización del territorio parece ser insaciable, por promotores que solo consideran la ciudad para explotarla, por un gobierno local que ha ignorado el liderazgo que le corresponde, por un Gobierno Central que históricamente ha ignorado la planificación y el ordenamiento territorial, por un Ministerio de Vivienda, que como bien lo dice su nombre, se había dedicado exclusivamente al rédito político de la fabricación de casitas, por sindicatos y agrupaciones de transportistas que han manejado el negocio como una mafia en contra de los usuarios, por los comerciantes de publicidad exterior que han convertido la ciudad en un verdadero basurero visual, y sobre todo, por una ciudadanía indiferente a la tragedia urbana que se ha creado en esta ciudad y la gravedad de las consecuencias que tendremos que soportar producto producto de la entropía y el caos que amenaza con acabar la poca calidad de vida que aún tenemos.

 

 

 

El autor es arquitecto

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