500 años de despojos y atropellos

QUINIENTOS AÑOS DE DESPOJOS Y ATROPELLOS

En el quincuagésimo decimoquinto aniversario de la llegada de las carabelas españolas a nuestro Gran Caribe, han sido muchos los cambios que nuestras sociedades han experimentado.  Ayer éramos súbditos de la Corona Española, y hoy vivimos en una democracia más que imperfecta.  Las carretas han dado paso a los automóviles, y la oscuridad ha cedido ante el acecho incesante del alumbrado público, las comunicaciones satelitales y el internet.  Lo único que pareciera no extinguirse es la voracidad insaciable de quienes quieren lucrar de los bienes que no les pertenecen, esos tesoros que los pueblos indígenas han heredado desde tiempos remotos, y que han custodiado durante siglos para otorgárselos a las presentes y a las futuras generaciones.  Antaño era el oro deslumbrante de El Dorado; hoy no solo sigue siendo el oro de Petaquilla y de Soná, sino también las aguas del Changuinola y del Tabasara, las costas de Bocas del Toro y del Archipiélago de Las Perlas, y en fin todo lo que Natura nos haya proveído, ya que para los conquistadores de todos los tiempos “el limite sigue siendo la imaginación”.

Mucho se ha escrito en estos últimos años acerca de la miseria de los pueblos indigenas, y de la supuesta necesidad que tienen de integrarlos al desarrollo nacional.  Tal vez este discurso hubiera tenido mucho más valor en aquellos barrios citadinos que continúan empantanados en la pobreza.  De lo que nunca se escribe es de la discriminación y del maltrato, de los insultos diarios y de las ínfulas de superioridad, del deseo de ayudar que no reconoce la dignidad del necesitado, y de los autoproclamados benefactores que se dedican a transportar indígenas a Changuinola, Panamá, Estados Unidos, Canadá y cualquier otro país del mundo, con tal de que estampen sus firmas, o impriman sus huellas digitales, en un testamento para negarle a las futuras generaciones el derecho a disfrutar de la naturaleza y la oportunidad de recordar la memoria sagrada de sus antepasados.  Al fin y al cabo, en Curundú y en Cerro Pelado, en Colon y en el Bayano, los pobres continuarán siendo culpables de su propia miseria, unos por rehusarse a vivir en la civilización, y los otros por arrimarse al banquete de la Ciudad para recoger las sobras que caigan de la mesa.  Lo que no se puede negar es que los pobres son culpables de su propia exclusión, ya que la responsabilidad social desapareció con la dictadura, y la democracia solo le ha devuelto los derechos de propiedad a quienes siempre han sido dueños de los pobres desde que se empezó a escribir la historia de la humanidad.

Si solo permitieran que los dólares volvieran a cruzar el Atlántico para encaminarse nuevamente hacia la Madre Patria, o a otros destinos de Europa y de los Estados Unidos, dicen los abogados del engaño que los indigenas podrían gozar de todos los beneficios que los pobres de la Ciudad nunca han podido disfrutar por su misma condición de ser pobres.  Este es el motivo por el que en el día de hoy y a nivel internacional se proclama el Grito de los Excluidos, se inicia una campana internacional en contra de las transnacionales que pretenden volver a los tiempos de la Conquista, y se lanza una proclama global en contra de los desalojos, la destrucción de viviendas y los desplazamientos forzosos.  Hubiéramos pensado que el presente gobierno, heredero de la democracia social, del poder popular y de las llamadas corporaciones para el desarrollo integral; en una fecha como hoy hubiera pensado en aquellos panameños que continúan siendo oprimidos.  No obstante, hay que recordar que nuestros gobernantes ahora han cambiado, y que de revolucionarios fervientes se han convertido en limosneros del capitalismo, y que los mismos indigenas que ayer exigían la creación de comarcas, hoy lucen sus mejores galas en un renombrado hotel de la localidad, siguiendo la tradición de Malinche, y entregan a sus pueblos al mejor postor con tal de recibir los favores de cualquier empresa de cualquier país que hoy les obsequie papeles impresos con la efigie de algún presidente de los Estados Unidos.

Mas que un día de celebración, este 12 de octubre debiera ser para nosotros un día de vergüenza.  Mas  no escarnio por los hechos de unos conquistadores que nunca conocimos y que vivieron en un tiempo en el que todavía no existían la televisión, sino por la clase de sociedad que estamos construyendo, que excluye por igual a los pobres de la Ciudad y a los de las comarcas, que culpa a las propias victimas de sus desgracias, y que continua regalando por unos cuantos espejos de color verde lo que no le pertenece a ellos, sino mas bien a las futuras generaciones.

Osvaldo Jordan

Presidente de la Alianza para la Conservación y el Desarrollo

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