Se requiere un plan de ordenamiento territorial para evitar tanto abuso ambiental

PINTADA DE VERDE

NECESIDAD. No hay duda, los grandes jugadores del mercado en este mundo globalizado nos han descubierto. Todo el mundo quiere venir a Panamá, comprar tierras, construir, construir, construir y hacer grandes negocios. De paso, dicen, «el país se beneficiará, habrá empleo para todos y seremos felices por siempre». No estoy segura. La historia de este país y sus cíclicos períodos de auges económicos –desde los tiempos del Camino de Cruces, el ferrocarril e incluso la construcción del Canal– son prueba de lo contrario.

La riqueza generada en esos momentos estelares se quedó entre los vivos de siempre, mientras el país continúo por la senda que hoy nos distingue: una gran desigualdad. Ahora, en este pequeño territorio de solo 77 mil kilómetros cuadrados se quiere hacer de todo: turismo masivo y megaproyectos inmobiliarios en áreas de gran fragilidad ambiental, como costas e islas; minería a cielo abierto junto a maravillosos bosques; grandes proyectos petroleros y varias refinerías; cementeras junto al Canal; ampliación de instalaciones portuarias o nuevos barrios amurallados y con cancha de golf, por supuesto, a costa de los manglares; una larga lista de hidroeléctricas –para satisfacer el inagotable apetito de nuestros tiempos–, rellenos… en fin, todo es posible en Macondo.

Y uno se pregunta, ¿habrá alguien pensando en las consecuencias de tanto abuso? No es cuestión de cerrarnos a la inversión y el desarrollo, sino de hacerlo bien. Necesitamos con urgencia un gobernante que se preocupe más por el futuro del país y sus riquezas naturales que por las próximas elecciones. Necesitamos un plan de ordenamiento territorial, que determine con rigor los usos permitidos para cada zona del país. Un plan de ordenamiento territorial que se cumpla (a diferencia de lo ocurrido en las áreas revertidas) y unos funcionarios dispuestos a enfrentar las presiones y hacerlo cumplir. Hombres y mujeres que, como el hoy Nobel de la Paz, Al Gore –y los científicos del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU– hagan la diferencia. Eso necesitamos.

Lina Vega Abad
lina@prensa.com

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