Las carpas ambientales y sociales de la lucidez

EL MALCONTENTO.

Las carpas de la lucidez

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Acostumbrado a convivir con el pesimismo, uno está desarmado contra las buenas cosas. Bueno, no desarmado, pero sí con las antenas plegadas, desacostumbrado a llevarme sorpresas positivas de esas que me hacen apartar los nubarrones y ver por unos minutitos el sol. Menos aún, cuando las buenas nuevas aparecen fantasmales, en la noche, sin avisar.

Plaza Catedral, donde casi todo confluye aunque casi nadie vaya. Los robocops del SPI, las verjas miedosas del poder, el poder amedrentador de la iglesia, las vallas de los proyectos inmobiliarios de mentira, y los estragos de los de verdad que dejan patrimonio reducido a tres paredes, los dueños de la calle que no tienen nada, y los que divagan en las calles sin nada que hacer en sus casas, el museo de la historia que nos gusta recordar y los edificios que acogen a los políticos sin memoria…

Plaza Catedral es como el centro de la desigualdad y la periferia de la Panamá de vidrio y mentira. Allí, en la noche, como espectros en carpa, me encontré a estudiantes y campesinos que protestaban contra la devastación natural de sus tierras, de sus historias, contra el desarrollo de mal rollo, contra la sordera de los gobernantes que solo representan a inversores y no a los moradores.

Y pensé en la necesidad de darles un premio, un reconocimiento a la inteligencia porque han ejercido su ciudadanía de manera hábil, digna y festiva. En un país donde se demonizan los movimientos sociales, donde se les ve agresivos y salvajes, es emocionante presenciar una protesta cívica no violenta, propositiva, con la paciencia de quien viene de la tierra y sabe que vuelve a la tierra.

Claro que se ha vendido desde el punto de vista folclórico. Los medios de comunicación han mostrado fotos de niños indígenas durmiendo en la calle, de mujeres cocinando… pocos análisis de fondo, poco destaque al hecho de que el Gobierno, que se sienta con el primero que tire piedras y rompa vidrios, mandó al dúo “antimedioambiental” (Castro–Arosemena) a hablar con estas gentes, nada más: buenas y vacías palabras que terminarán en hidroeléctricas o minas plantadas en sus territorios.

Hablamos del mismo gobierno que está permitiendo que la mina de Petaquilla abra una herida lacerante en el corazón del Corredor Biológico Mesoamericano, hablamos del gabinete de los pescadores deportivos de lujo, del que hace negocio para que personajes sombríos hagan el oleoducto que faltaba para enfangar Taboga, nos referimos al mismo gobierno que está permitiendo la construcción indiscriminada sin reglas ni sentido, los administradores del país que le regalan metros de mar y de privacidad al hotel Miramar o al Club de Yates… ese gobierno era el interlocutor de estos manifestantes y eso es injusto.

Es algo parecido como a poner en la misma mesa a un ciervo y a un león. Sin embargo, la dignidad de estos manifestantes me conmovió. No es que tenga la lágrima fácil, ya expliqué que mi pesimismo existencial es un antídoto contra romanticismos “facilongos”.

Creo que son un ejemplo y un síntoma a la vez. Un ejemplo de lo que se debe hacer y un síntoma de lo que está sucediendo. Y lo que está sucediendo es que hay un divorcio profundo entre los que gobiernan y la sociedad civil. Una sociedad civil cada día más organizada, más preparada y más combativa.

Por esta razón, parece un mal chiste la publicidad pseudoelectoral que contamina nuestras calles y carreteras. Los eslóganes son tan profundos como un ensayo filosófico escrito por un vendedor de llantas –con todo el respeto–; y las propuestas son tan ausentes como la plata en la cuenta de ahorros de un raspadero. Uno mira las vallas y luego gira la vista a lado y lado y es como un viaje por mundos paralelos.

¡Están tan lejos! Es tan evidente que están en una pelea que poco tiene que ver con los intereses de la mayoría, que por eso emociona cuando un puñado de campesinos, indígenas y estudiantes ponen sobre el tapete los temas de la realidad.

Esa es la fuerza de este siglo, la de la sociedad civil, la que le exige a los políticos que aterricen y que, además de inventar cintas costeras y derrochar en campañas publicitarias vacuas, hagan su trabajo no por el típico argumento que se les echa en cara: el salario, sino porque cuando uno entra en política debería mantener un sentido de lo público, del servicio a la comunidad que te elige y que te alimenta el ego y el bolsillo.

No creo que haya cambios. Todo seguirá igual. Pero puede ocurrir un día, en que, siguiendo los designios del Elogio de la Lucidez de Saramago, los ciudadanos nos cansemos y no votemos a nadie para botar a todos. Como ven, al final del cuento, sí soy un optimista. ¡Je!

[A mi amigo C le hubiera gustado ser Fernando Pessoa: “Tres días seguidos de calor sin calma, tempestad latente en el malestar de la quietud de todo, vinieron a traer, para que esa tempestad se desplazara a otro sitio, un leve fresco, tibio y grato a la superficie lúcida de las cosas. Así, a veces, en este transcurso de la vida, el alma que sufrió porque la vida le pesó, siente súbitamente un alivio, sin que en ella tuviese lugar nada que lo explicase”].

El autor es periodista

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: