Hidroeléctricas, un debate necesario

AFECTADOS.

Hidroeléctricas, un debate necesario

Rubén Darío Bernal
opinión@prensa.com

Dentro de un sinnúmero de acontecimientos que requieren y demandan la atención de los panameños, la generación de energía eléctrica se constituye en estos momentos en un tema de obligatoriedad en el debate nacional.

La dependencia de los derivados del petróleo (combustible fósil inexistente en nuestro país) y en la generación de energía por la vía de las termoeléctricas producirá un encarecimiento triplicado de los costos económicos, además de ser fuente de energía sucia y contaminante.

En contraparte a las termoeléctricas, las tecnologías nos presentan sistemas alternativos de generación energética aprovechando los vientos, las aguas dulces o saladas, la biomasa.

Como parte de este conjunto de posibilidades alternativas encontramos las hidroeléctricas, que utilizan el proceso de embalse y conducción de las aguas, mediante ductos para la generación, teniendo como elemento fundamental las aguas de nuestros ríos.

Definitivamente que consiste en un método más barato, limpio y menos contaminante, (aunque los embalses producen la emisión de gases de efecto invernadero) que los de producción termoeléctrica.

Sin embargo, la intención de agregar a la red de generación eléctrica en nuestro país a varias hidroeléctricas, enfrenta la resistencia de miles de campesinos y aborígenes, principalmente de las etnias ngöbe buglé y nazos teribes, quienes defienden sus intereses sociales, económicos, ambientales y culturales. Sus protestas se concentran en estos momentos en el Parque Catedral, cerca de la Presidencia de la República, en donde se ve a campesinos y aborígenes solicitando, con el derecho ciudadano que les asiste, la atención de sus reclamaciones a los más altos niveles gubernamentales, sin lograr su objetivo hasta la fecha.

Parece que en el Palacio no se puede atender al pueblo, olvidándose del “sí se puede” que pregonaron proselitistamente en el año 2004.

El rechazo y escepticismo a los proyectos hidroeléctricos está basado en hechos, acontecimientos y circunstancias históricas, como las suscitadas con los aborígenes de la comarca Madugandí, en donde el fallecido general Omar Torrijos los convenció de ceder sus tierras, con todo el cúmulo de su historia, para inundarlas y dar paso a la hidroeléctrica del Bayano, con la promesa de indemnizarlos. Hoy, 35 años después, ni tienen luz eléctrica ni han sido indemnizados por sus justas reclamaciones.

Actualmente, con la construcción del proyecto Chan 75, en Changuinola, se violan los derechos humanos de los pobladores, se atenta contra el medio ambiente, al tiempo que se impone un proyecto sin escuchar las voces que se oponen.

No deja de ser menos cierto que las especulaciones cabalgan desenfrenadamente, cuando conocidos “inversionistas” se aprovechan del tráfico de influencias en los procesos burocráticos de tramitación y documentación para, de forma corrupta, obtener concesiones para construir hidroeléctricas, venderlas y hacerse millonarios explotando la tesis de la necesidad de producir más energía basada en las aguas de los ríos, cuya importancia desconocen.

Los campesinos y aborígenes, agrupados en Fudeco y la Nedlard, representan a los miles de afectados, preocupados por el futuro de la quebrada de Bonyic, del caudaloso río Tabasará, del imponente río Cobre, del legendario Santamaría, del refrescante río Cañazas y del mensajero río Grande, entre otros. Ellos requieren de la solidaridad de todos los ciudadanos responsables y preocupados por el futuro del país, y la pronta atención de las autoridades gubernamentales.

Es inaplazable la formulación de una política energética nacional, programada de forma científica, que contemple los efectos de costos de generación, pero también los impactos sociales, ambientales y culturales, todo dentro de un diálogo de altura, con respeto, en donde no imperen solo los puntos de vista del poder económico en su desenfrenada gula financiera, en la soberbia de poder del gobierno de turno y en donde los afectados no seamos convidados de piedra, porque este debate es necesario.

El autor es sindicalista campesino y educador popular

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