Es más fácil decir “sí” que decir “no”

‘DESARROLLO’

El derecho de los fundadores

Carlos Eduardo Galán Ponce
opinion@prensa.com

Ese pedazo de mi provincia llamado Boquete, es producto del tesón y el esfuerzo de hombres y mujeres de diferentes culturas que vinieron hace más de cien años, de todos los confines del universo.

Llegaron atraídos por el clima placentero de la región, su tranquilidad, su exuberante vegetación, sus montañas y paisajes, las cristalinas aguas de sus ríos, la fertilidad de unos suelos que esperaban ansiosos la mano que los hiciera producir.

Fueron cautivados por sus bellezas naturales y el amistoso recibimiento de aquellos que los habían precedido y que por los escasos medios de comunicación de la época, habían llevado lentamente al mundo la grata noticia de la existencia de este paraíso.

Y hubo un denominador común que los caracterizó a todos; vinieron a trabajar, a formar una familia, a utilizar su ingenio para hacer la vida más llevadera y más factible el procesamiento de los productos de la tierra. Especialmente el beneficio de los granos de café.

Domaron las laderas, construyeron caminos rudimentarios, cultivaron la tierra, talaron los árboles necesarios para construir viviendas y almacenes y encauzaron las corrientes de agua para obtener de ellas la energía para cubrir las necesidades del entorno, guardando el debido respeto por todos los recursos naturales de la región. Trajeron y plantaron árboles de especies exóticas que hoy se yerguen centenarios en mayor número de los que derribaron para subsistir. Aquí habían encontrado su hogar y llevados por ese cariño que el ser humano consciente brinda a su entorno, conservaron el encanto que los había atraído y que los hizo quedarse aquí para siempre.

Sería interminable tratar de hacer mención de los apellidos de aquellos pioneros y siempre quedarían faltando demasiados. Para saber de ellos, tendríamos que referirnos la excelente obra de Milagros Sánchez Pinzón, Boquete, Rasgos de su Historia. Pero como hoy parece que el oro se ha convertido en el Dios que priva sobre todos los demás valores, este hermoso lugar no ha escapado a los efectos de ese materialismo insensible. Al contrario. Fue descubierto por “inversionistas”, como sitio fácil de trastornar, con regulaciones benévolas, diseñadas por foráneos y poco preparadas para lidiar con invasiones masivas. Y habitantes sencillos a quienes les fue fácil seducir para que entregaran sus tierras a cambio de monedas en cantidades que fueron una tentación irresistible, pero que cada día que pasa representan menos.

Ya a muchos no les quedan ni tierras ni monedas. Los pobladores originales, muchos de una vida modesta y una formación sencilla, que con orgullo traspasaron por generaciones sus tierras a sus descendientes para verlos seguir viviendo en el sitio que cuidaron y que los vio crecer, hoy las ven convertidas en un frío objeto de subasta internacional, muy lejos del alcance de los suyos. Las manos curtidas por la intemperie de aquellos colonizadores han sido desplazadas por otras especializadas en contar dinero.

Y además, rostros totalmente ajenos al área, aprovechan sus facilidades de comunicación para, en un monólogo distorsionado, despreciar y lanzar términos ofensivos contra aquellos que salen a defender, por considerarlo correcto y sin ningún interés oscuro ni comercial, los recursos naturales que Dios tuvo a bien plantar en esta provincia. Hay que haber vivido aquí para conocer los orígenes autóctonos de las personas que con grandes sacrificios lideran actualmente los movimientos ecologistas de esta provincia. Verdaderos y verdaderas chiricanas, nacidos en esta tierra, producto de hogares de pioneros de esta hermosa región, a quienes nadie les puede disputar su derecho de opinar sobre el tema. Cualquiera puede discrepar, emitir conceptos diferentes, aunque errados, pero se debe tener la suficiente educación para hacerlo sin recurrir a la ofensa personal.

Es más fácil decir “sí” que decir “no”. En lo alto de una montaña en la antigua Yugoslavia, hay pintado un enorme “no”, que lo renuevan constantemente. Es el recuerdo eterno a toda una población que durante la II Guerra Mundial, supo decirle “no” al invasor, a pesar de todos los sufrimientos a que fueron sometidos. No sé qué sería del planeta si bajo una interpretación caprichosa del término “desarrollo”, se permitiera a empresarios insaciables, para quienes todo el dinero del mundo no les sería suficiente, disponer de los recursos naturales como su botín particular, especialmente en países más débiles, sin que los pobladores originales, salieran a defenderlos. Especialmente de extraños, que, con una golosa complicidad local, vienen a llevarse todo lo que vale algo, dejando atrás sus residuos tóxicos y la devastación de una tierra y de ríos por los que no sienten el menor apego, porque sencillamente, no los une a ellos ningún sentimiento humano.

Una respuesta

  1. Paisano mio
    panameño,
    tú siempres respondes : sí
    Pero no para luchar.
    Que no para protestar
    cuando te ultrajan a tí
    Paisano mío,
    panameño,
    tú siempre respondes: sí

    Si te dan un peso diario.
    —Sí, sí, sí.
    Si te gobierna un tirano,
    —Sí, sí, sí
    Paisano mío,
    panameño,
    tú siempre respondes: sí.

    Aprende a decirle no,
    aprende a decirle no
    a lo que dices sí.

    Pero no, que dices no
    cuando necesitas sí
    Y al decir sí cuando no,
    y no cuando debes sí,
    resulta que tu sí es no,
    lo mismo que tu no sí.

    ¡Por favor!
    Que no se diga
    que tú no tienes conciencia,
    no, no, no

    Ni que sólo dices que sí
    aunque necesites no.
    Ni que te gusta el ultraje,
    no, no, no.
    Ni vagar en la miseria…

    ¨Pero no, que dices no
    cuando necesitas sí
    Y al decir sí cuando no
    y no cuando debes sí,
    resulta que tu sí es no,
    lo mismo que tu no sí.

    Demetrio Herrera Sevillano

    1902-1950

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