Indígenas…ahora ‘invasores’ en su propia tierra

CONCESIONES.

Indígenas… ahora ‘invasores’

Susana A. Serracín Lezcano

Recientemente el Órgano Ejecutivo hizo pública su decisión de no crear más comarcas indígenas y que la opción que se les estará dando a los indígenas es la de la figura de “tierras colectivas”. Las comunidades que esperan la opción de las tierras colectivas son el pueblo bri-bri y naso-tjërdi, en Bocas del Toro; emberá (Alto Bayano, Panamá); wounnan (Chimán, Panamá); kuna de Takarkunyala (Darién). (La Prensa, “Está lista la ley de tierras colectivas”, marzo 4 de 2008).

¿A qué obedece esa decisión y sobre qué base de consulta democrática ha sido tomada? La dinámica actual de la presente administración, es la de correr viento en popa, con violencia si es preciso, para dar en concesión nuestros más valiosos recursos a las compañías del mercado eléctrico y minero mediante todo tipo de concesión, regalías y privilegios de explotación abusiva; avalando una serie de violencias y complicidades, en donde primero se otorgan concesiones a empresas sobre los territorios indígenas sin haber demarcado previamente las comarcas; donde primero se destruyen las fincas y luego se le dice al indígena “pase por la empresa a recoger unos reales”; donde primero se los reubica de forma irregular y en ocasiones violenta, sin contar con su consentimiento libre, previo e informado y donde se concesionan las áreas protegidas para ejecutar proyectos incongruentes con los fines de conservación que destruyen bosques, ríos, manglares, generando la extinción de la flora y fauna, perjudicando la conectividad ecológica.

La reacción ante tanta injusticia social son las constantes protestas de indígenas y campesinos a lo largo y ancho de nuestro país, como la más reciente en Plaza Catedral, conmemorando el 14 de marzo “Día Internacional contra las Represas”, en la cual cientos de indígenas panameños durmiendo en el piso, bajo la intemperie y sorteando todo tipo de obstáculos, entonaron canciones de paz, justicia y libertad, alzando su voz con un llamado alto y claro ante la faz mundial y particularmente al presidente Martín Torrijos, manifestando su firme rechazo y resistencia frente al desarrollo depredador y excluyente.

La situación se ha tornado insostenible, ya que desde hace meses los indígenas son hostigados, perseguidos y privados de las tierras que históricamente han ocupado para darle paso expedito, raudo y veloz a toda una serie de proyectos hidroeléctricos, promovidos por compañías privadas con el aval de la Anam, la Autoridad Nacional de los Servicios Públicos (Asep) y autoridades locales, en ausencia de una política energética ampliamente debatida y consensuada de cara a la sociedad y sin cumplir con las normas jurídicas pertinentes.

Tanto desacierto frente al ambiente, las áreas protegidas y los derechos de las comunidades indígenas, está provocando una serie de injusticias sociales y violaciones a sus derechos humanos y garantías fundamentales. Los indígenas están siendo expulsados y considerados como “invasores” de sus tierras ancestrales, obligándolos a intervenir y migrar hacia el bosque protector Palo Seco sin mayores controles ambientales o a las ciudades, abandonados a su suerte, donde se les recrudecen los problemas sociales, dando al traste con su cultura, espiritualidad, costumbres, tradiciones y formas de vida.

El hecho de que el Ejecutivo tome decisiones peligrosamente centralizadas y producto de acciones coyunturales y desarticuladas, al aprobar una Ley de Tierras Colectivas sin haber sido discutida de forma transparente, constriñe la iniciativa individual, la organización social y la creatividad de nuestros pueblos. Con ello se demuestra una vez más, la indiferencia del Estado panameño frente a los instrumentos jurídicos internacionales de defensa de los derechos humanos, el ambiente y la cultura.

En todo estado de derecho, la participación ciudadana y los procesos democráticos favorecen la confianza en la toma de decisiones y los revisten de legitimidad, de manera que se genere el instrumento jurídico adecuado, que promueva formas de ahorro y de generación de energía limpia, sin menoscabar los derechos de las comunidades indígenas vulnerables, comprometiendo a los principales actores del desarrollo en su observación y cumplimiento mediante mecanismos legales, políticos, financieros y comunitarios.

La autora es abogada ambientalista

La Prensa 18 de marzo de 2008.

Lo que yo ví en Madugandí, historia de un asalto policial a indígenas

ENFRENTAMIENTOS.

Lo que yo vi en la comarca Kuna de Madungandí

Mauricio Tolosa

“Enfrentados por tierras”, “Reyerta en Bayano”. Estos son titulares que describen el “incidente” ocurrido el miércoles en la comarca kuna de Madungandí. Las fotografías lo confirman: indígenas con las manos tras la nuca custodiados por la Policía de frontera. En las imágenes de la televisión: policías heridos por perdigones. La versión va tomando fuerza; indígenas con armas, drogas, etcétera. Todo habla de un enfrentamiento entre fuerzas iguales. No es lo que yo vi.

Como en tiempos de Cortés y Moctezuma, uno puede preguntarse cómo tan poquitos policías pudieron controlar a tantos indígenas. Y como en los tiempos de Cortés, las respuestas siguen siendo las mismas: las promesas faltadas, las negociaciones sin propósito, la superioridad tecnológica y militar, la no consideración del “otro” como un ser humano digno de respeto.

Iba camino al Darién, y por segundo día consecutivo me detuve al llegar al puente sobre el río Bayano. El tránsito estaba bloqueado; al igual que el día anterior bajé a caminar hacia el pueblo y aprovechar de hacer algunas fotografías, sospechando que la situación iría nuevamente para largo.

Al llegar a Bayano uno está en otro país. Así se siente, al menos: gente pequeña, cuerpos menudos, ojos rasgados, una lengua asombrosa. La sensación de ser extranjero, único entre todos, es inmediata. En ciudad de Panamá uno nunca la tiene. Claramente es otro territorio, otro pueblo, otra cultura.

La comunidad reclamaba el pago prometido de una negociación con el general Omar Torrijos como indemnización por inundar sus tierras para construir la represa hace 31 años. Según los voceros, el acuerdo había sido un pago anual de por vida, pero este solo se realizó durante los tres primeros años. Además solicitaban que Panamá ratificara el artículo 169 de la OIT, y el cese de las invasiones de terrenos por los campesinos mestizos.

Demandas habituales. Gente sentada en medio del camino detrás de unas ramas y de improvisados carteles garrapateados en papel. Camisetas del Barcelona entre los más jóvenes. Calor. Una gran fila para tomar jugo de fruta servido desde una enorme olla popular. Se respiraba ese ánimo de día libre que se hace presente cuando la ciudadanía se toma la calle.

Entre medio de todos, dos jóvenes un poco más vociferantes, con mallas que cubren sus rostros, portan una rama deshojada como arma letal. La mayoría están sentados a la orilla del camino. El sahíla y el cacique visten con camisa de color vivo, sombrero y corbata, descalzos, y están sentados bajo un techo, esperando. Solicitan la presencia del presidente Martín Torrijos, hijo del general con quien llegaron al acuerdo hace tres décadas. Otra autoridad del pueblo, también de sombrero y corbata, negocia mediante un traductor con un jefe policial que casi le dobla en tamaño y ciertamente en peso.

A la entrada del puente, dos o tres camionetas de la Policía, cargados con antimotines, ven pasar el tiempo, algunos descansando en el piso, bromeando. Alrededor el lago tranquilo, un espejo rodeado de colinas verdes. Al otro lado del puente hay acuerdo para que salga un transporte hacia Darién; unos pasajeros molestos caminan para alcanzar el bus pintado y seguir su camino.

De pronto, algo ocurre: los antimotines se levantan en pie de guerra y disparan lacrimógenas. A un costado, un grupo de indígenas forcejea con los policías que cubren la estación con sus escudos transparentes. Entre ellos, un policía comienza a hacer disparos con su carabina. Por la carretera avanza otro piquete de antimotines con sus escudos; desde un flanco un agente dispara una escopeta; no al aire, exactamente hacia donde me encuentro, hacia la gente: no hay más de 10 ó 15 personas, dispersas, ni siquiera manifestándose; luego veo a otros disparar bombas lacrimógenas, tres de las cuales rebotan a menos de cuatro metros de donde me encuentro. Siguen disparando hacia la gente. Me refugio detrás de un muro y le doy la vuelta a una construcción. Me encuentro frente a una patrulla de frontera que asalta el lugar con fusiles y pistolas en mano.

Desde lo alto del camino caen algunas piedras, lanzadas a los policías. Sobre el pavimento quedan numerosos cartuchos de escopeta lanzados desde las fuerzas de pacificación.

¿Qué pasó? ¿Cómo de pronto se transformó el “día de campo” en un asalto en el que quedaron 90 kunas prisioneros? ¿Por qué no se negoció? ¿Por qué tanta violencia? “Somos personas, no animales”, gritaban los indígenas.

El maltrato refleja el desprecio. Es la violencia que se puede ejercer impunemente contra quienes parecieran no tener el respeto de la sociedad, porque son diferentes. Evidentemente no es un problema exclusivo de Panamá. Es la deuda histórica de las sociedades de América Latina con sus pueblos originarios, es el reconocimiento a la diversidad multicolor interna, es la necesidad de respetar esa diferencia, de comprenderla, de hacerse cargo de apoyarla y cuidarla. De generar una comunidad de propósitos y de convivencia. De diseñar un desarrollo satisfactorio para todos.

Comprender, respetar, comunicar: son los verbos básicos para la convivencia en la comunidad global. Practicarlos es tarea de todos.

 

El autor es consultor en comunicaciones

Sigue lucha indígenas por efectos de hidroeléctrica en sus tierras

Por segundo día chocan con unidades de la Policía Nacional
Crece tensión por protestas de indígenas en Bayano
Davis Cerrud
PA-DIGITAL

El pequeño de 8 meses, de Oneida Lasso, de 19 años, casi muere ayer asfixiado por los gases lacrimógenos que fueron arrojados por las unidades de control de multitudes para abrir la Vía Panamericana cerca del puente del río Bayano, en Chepo.

Ocurre que ella y otros 250 indígenas de la Comnarca Kuna de Madungandí pretendían bloquear la calle, por segunda vez consecutiva, exigiendo el pago de las indemnizaciones que les adeuda el Estado panameño desde los años 1970.

Ellos están claros. Por la construcción de la represa del río Bayano, el general Omar Torrijos Herrera les prometió el pago de las tierras, que hoy son parte de un gran lago, llamado Bayano que alimenta a la Hidroeléctrica de la Corporación AES Panamá.

Pero esta vez no todo fue pacífico, pues cuando a eso de las 10:00 a.m. los antimotines procedieron a despejarlos, recibieron piedras, palo y balas de escopetas. Entonces los agentes intensificaron la fuerza.

Las consecuencias fueron 97 indígenas detenidos (10 menores), 3 tienen lesiones graves en su anatomía, mientras que hay 12 kunas y 7 policías heridos.

El doctor Edgardo Guerrero, de la Policlínica de Cañita, dijo que tres indígenas necesitarán evaluación especial de cirujanos y oftalmólogos, pues habían recibido lesiones de perdigones.

Uno de los que resultaron con heridas graves es Víctor Ávila, de 27 años, quien recibió lesiones en su tórax.

A falta de ambulancias, los bomberos de Chepo trasladaron a los pacientes al Hospital Regional de Chepo. Allá, los galenos explicaron que los afectados permanecerían en observación y cuidados unas 24 horas.

La desesperación hacía que los médicos confundieran a los indígenas con los policías heridos.

“Es una irresponsabilidad del Gobierno porque a los indígenas hasta les invaden sus tierras”.

Lo cierto es que un problema de más de 30 años podría terminar con la tranquilidad de la Comarca Kuna de Madungandí.

El alcalde de Chepo, Raúl Acevedo, confesó que maneja información de que se pretende cerrar el puente en Ipetí, Río Cañazas, y bloquear hacia el aeropuerto de San Blas.

“Si no hay ese conversatorio se puede agravar la situación”, añadió.

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Hoy el hijo del General Torrijos intenta hacer algo peor en el territorio Naso Teribe y en Palo Seco, Bocas del Toro.

Verdaderamente que los gobernantes de turno son los opresores de siempre.

Burica Press