Historia de la colonización y los pueblos indígenas de Bocas del Toro

III. Descubrimiento de la región (sic)

[Historia de la colonización y los pueblos indígenas de Bocas del Toro]

José Manuel Reverte*
Academia Panameña de Historia

Los primeros europeos que se acercaron a la región bocatoreña fueron los que formaron la expedición de descubrimiento del IV Viaje del Almirante D. Cristóbal Colón.

Los documentos básicos que confirman este hecho son: “La Carta de Jamaica”, escrita por Cristóbal Colón el 7 de julio de 1503 y cuyo original se encuentra en la Biblioteca del Real Palacio de Madrid (10), la “Relación hecha por Diego de Porras, del viage e de la tierra agora nuevamente descubierta por el Almirante D. Cristó­bal Colón” cuyo original se encuentra en España en el Archivo Ge­neral de Simancas, Sección de Autógrafos (11).

Otro documento básico es la “Vida del Almirante D. Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Hernando” (12).

Los relatos de Pedro Mártir de Anglería, del Cura de los Pa­lacios Andrés Benáldez, López de Gomara, Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de Las Casas y los de Herrera y Tordesillas se basan o en los relatos de la época o en los documentos originales, pero son relatos de segunda o tercera mano.

En el Archivo General de Indias de Sevilla se encuentran tam­bién numerosas Cédulas Reales y Cartas que se refieren a este IV Viaje de Cristóbal Colón.

Tales son las fuentes para esta parte de nuestro estudio.

Partió Cristóbal Colón del Puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502 con cuatro embarcaciones: dos Carabelas, “Capitana” y “San­tiago de Palos” y dos navios, “Gallego” y Vizcaíno”. Le acompaña­ban su hijo Don Fernando (Hernando Colón), y su hermano D. Bar­tolomé Colón. Era piloto mayor del convoy, Juan Sánchez y por capitanes le acompañaban: Diego Tristán, Francisco de Porras, Pe­dro de Terreros y Bartolomé de Fiesco. Un médico atendía a los expedicionarios, el maestre Bernal y un sacerdote, Fray Alejandre.

Después de diversas peripecias en La Española y en Cuba, atra­vesaron los descubridores el Mar Caribe y tocaron en la Isla de Gua-naxa el 13 probablemente, de agosto de 1502, y al día siguiente, 14 de agosto de 1502, tocaron por primera vez el Continente en Punta Caxinas.

Como dato de interés para nuestro estudio, mencionaremos el hecho relatado por Diego de Porras y Hernando Colón de que al mismo tiempo que llegaban los españoles a Guanaxas, llegaba también una “canoa de mercaderías”, observando que el producto usado como moneda era el grano de cacao. Esta canoa era “tan luenga como una galera, y de ocho pies de ancho”. El tamaño era notable como se puede apreciar por esta frase. Y tenía que ser efectivamente grande pues iban en ella hasta 25 hombres, con sus mujeres y niños. La citada canoa venía cargada de mercaderías de Occidente, esteras de palma o petates, mantas de algodón pintadas de diversos colores y labores, “camisetas sin mangas, pintadas y la­bradas” y “almaizares con que cubren los hombres sus vergüenzas” (13), espadas de palo acanaladas, navajas de pedernal pegadas con pez e hilo, hachuelas de cobre para cortar leña, cascabeles, patenas, crisoles para fundir el cobre y muchos granos de cacao como mo­neda. Los alimentos que llevaban para la travesía eran: pan de maíz, raíces comestibles (camotes) y vino de maíz.

Todo parece indicar que era común por aquel entonces el tráfico de mercancías por el litoral caribe de Norte a Sur y de Sur a Norte. Los indios hallados por Colón en la canoa, venían de Méjico o Yu­catán e iban hacia el Sur a llevar sus mercancías y cambiarlas a los indios de la costa, quizás hasta Zorobaró, por objetos de oro con los que regresaban a su lugar de origen.

Después de tomar posesión en nombre de los Reyes Católicos, de toda la región, continuó Colón su viaje hacia Levante, costeando y descubriendo.

Nuestro interés se concentra a partir del día 5 de octubre, fecha en la que Colón zarpa de Cariay y al día siguiente 6 de octubre, echa ancla en la hermosa bahía de Zorobaró (la llamada actualmente Bahía del Almirante en su honor) y después de haber pasado cuida­dosamente a través de las Bocas del Drago entre Punta Térraba y la Isla de Toja.

Colón llamó a esta región “Carambarú” y llegó a ella con gran número de tripulantes enfermos y él mismo en no muy buenas con­diciones de salud, (14).

Los nombres que ha recibido esta región son numerosos y casi siempre variantes del dado por Colón según la fonética escuchada a los indígenas.

Lo que sin duda llamó la atención del Almirante fue la diversi­dad de lenguas existentes entre los indígenas, y así dice: “Los pue­blos, bien que sean espesos, cada uno tiene diferenciada lengua, y es en tanto que no se entienden los unos con los otros, mas que nos con los de Arabia”. Y añade esperanzado: “Yo creo que esto sea en esta gente salvage de la costa de la mar, mas no en la tierra adentro”. Pero se equivocaba, pues al Sur ocurría lo mismo y en lo alto de la cordillera exactamente igual. Cada grupo hablaba su propia lengua.

También llamó la atención del Almirante la cantidad de oro que veía en las manos de los nativos y las noticias que de él le daban. “Allí dicen que hay infinito oro, y que traen corales en las cabezas, manillas en los pies y en los brazos dello, y bien gordas; y del, sillas, arcas y mesas las guarnecen y enforran”.

Diego de Porras (15) nos descubre las intenciones de Colón al proseguir su cuarto viaje desde Cariay adelante, cuando dice: “Iba requiriendo puertos e bahías, pensando hallar el estrecho, llegó a una muy gran bahía: el nombre de esta tierra se dice Cerabaro”. Vemos que la intención primordial del Almirante desde el punto de vista geográfico era el hallar un estrecho que le comunicase con el otro mar que intuía y debía llevarle al reino del Gran Khan. Y podemos observar también que la Bahía de Carambaru como la llamó Colón, según la relación de Diego Porras es Cerabaro. Ya veremos cómo se sigue modificando este nombre a través del tiempo y de los documentos que nos han dejado los que sobre esta región escribieron.

Confirma Diego de Porras que la región debía ser muy rica en oro como afirmaba Colón. Así dice: “Aquí se falló la primera mues­tra de oro fino que traía un indio como una patena en los pechos, é se resgató; aquí se tomaron indios para informarse donde había aquel oro é donde se traía; de aquí comenzó a ir resgatando por toda la costa”.

De la Bahía Carambaru, Cerabaro o como se diría más tarde de Zorobaró, pasarían los expedicionarios después de reparar sus navios y sus perdidas fuerzas, a la actual laguna de Chiriquí, a, la que los indios de la región llamaban entonces Aburemá y en oíros lugares Aburesma.

Los indios que habitaban en las cercanías tenían sus pobla­ciones “puestas en las montañas” y como dirá la, relación esto era debido a que “la tierra es muy alta y fragosa”.

Coincide la información de Porras con lo anotado por Colón en su Carta de Jamaica. Dice Porras: “Es la gente de esta costa tan salvage y tan sobre sí cada señorío, que de veinte en veinte leguas no se entienden unos a oíros”.

Por su parte Hernando Colón (16) dice: “El miércoles 5 de octu­bre se hizo el Almirante a la vela, y arribó al Puerto de Carabaró, que tiene seis leguas de largo y más de tres de ancho; y en e] cual hay muchas isletas y tres a cuatro bocas (17) muy a propósito para entrar y salir con todos los vientos (18). Por entre estas islas van las naves como por las calles, tocando las cuerdas de los navios & las ramas de los árboles. Tan luego como fondeamos en este puerto^ fueron las barcas a una de aquellas isletas donde había en tierra veinte canoas (19) y la gente en las orillas, desnudos como salieron del vientre de sus madres, y traían solamente un espejo de oro al cuello y algunos un águila de guanín (20)”.

Sin mostrar miedo alguno, por mediación de los dos. indios de Cariay, trocaron un espejo que pesó diez ducados por tres cascabe­les; y dijeron haber gran abundancia de aquel oro, y que se cogía en la tierra firme “muy cerca dellos”.

Al día siguiente fueron a tierra firme los bateles. Era el 7 de octubre, y hallaron 15 canoas llenas de indios, “y porque no quisie­ron rescatar sus espejos con nuestra gente fueron presos dos de los más principales para que el Almirante se informase de ellos por medio de los intérpretes. El espejo que llevaba uno de ellos pesó 14 ducados y el águila del otro, veintidós. Decían estos indios que a una o dos ¡ornadas tierra adentro se cogía mucho oro en algunos lugares que nombraban (21); que en aquel puerto había muchísimos peces y en tierra muchos animales de los que decimos haber en Ca­narias; y gran cantidad de las cosas que ellos comen, como raíces de plantas, granos y frutas. Los indios van aquí pintados de varios colores, blanco, negro y rojo, tanto en la cara como en el cuerpo (22). Van desnudos, salvo que cubren las partes deshonestas con un pa­ñete de algodón ajustado”. Y termina Hernando Colón diciendo: “De este puerto de Cerabaró, pasamos a otro que confina con él, y se le parece en todo, llamado Abúreme. Después el 17 del mismo mes salimos a alta mar para seguir nuestro viaje”.

Interesantes son los datos que nos brinda Hernando Colón en esta sintética reseña del descubrimiento de la región que nos in­teresa. Y de ellos deducimos:

1. Que había numerosa población indígena en la región de Carambarú, Cerabaró o Zorobaró, y también en Aburemá.

2. Que allí comenzaba a aparecer el pro como objeto de ador­no sobre el cuerpo de los indios, lo que quiere decir que en la costa que actualmente forma parte de la República, de Costa Rica, no ha­bía apenas oro.

3. Que cerca de la Bahía, una o dos jornadas tierra adentro, había minas de oro abundantes.

4. Que en la región se trabajaba el oro posiblemente con ha­bilidad, o bien que los indios de la región lo encontraban en abun­dancia en sus ríos y montañas y quizás lo llevaban a labrar y traba­jar a otras partes, quizás a Coclé, al sur de la cordillera. Se trataba de oro fino unas veces y otras guanín. El oro fino golpeado en frío para hacer espejos, platos y patenas que colgaban del cuello, y el guanín para hacer águilas y otros objetos que usaban como adorno o amuleto protector contra malos espíritus. Quizás la resistencia a desprenderse de estos objetos tenía que ver o bien con la dificultad en obtenerlos elaborados o bien por sus propiedades mágico-defen­sivas y protectoras que les daban un valor superior al material.

5. Las dimensiones aproximadas de las Bahías del Almirante o Zorobaró y Aburemá, así como la especial disposición geográfica de la región.

6. Los indios de esta región andaban desnudos.

7. Se cubrían sólo los genitales con un pañete de algodón ajustado (cubre-sexo), algo parecido seguramente a la pampanilla o guayuco de los chocóes. Quizás fue tomado por algodón lo que seguramente se trataba de corteza de majagua o balso.

8. Usaban pintura facial y corporal de tintes diversos (blanco, negro, rojo). Los mismos colores que aparecen en la cerámica de la región.

9. Se adornaban con objetos de oro colgando del cuello (platos o pectorales como espejos, bruñidos, hechos de oro batido en frío probablemente, como los que todavía se encuentran en las antiguas tumbas indias, y águilas (23).

10. Utilizaban canoas (monóxilas unas veces, y otras sin duda como la que encontró Colón en Guanaxa, que por su gran tamaño de­bió ser de maderas ensambladas) para desplazarse de isla en isla o de éstas a tierra firme o viceversa.

11. Informes sobre su alimentación, caza, pesca, raíces, gra­nos y frutas, señalan que se trataba de pueblos pescadores, cazadores y recolectores. En ocasiones podían ser guerreros, y de hecho sos­tenían frecuentes altercados que degeneraban en verdaderas gue­rras de exterminio entre tribus a veces vecinas como más adelante se verá.

12. Se aprecia una diferencia en la actitud de los indios ha­llados en la isla (“sin mostrar miedo alguno”) que se prestaron al cambio de objetos con los españoles, y los indios de tierra firme que “no quisieron rescatar sus espejos con nuestra gente”, y tuvieron que tomar presos a dos de ellos. Quizás estos fueron del grupo actualmente desaparecido o confundido con otras tribus, de los do-rasques o doraces o changuenas, que según las crónicas eran de los más violentos de esta región.

Por su parte el P. Las Casas (24) que como ya se dijo anterior­mente sigue casi al pie de la letra a Hernando Colón en su relato, menciona el hecho de que los indios encontrados en Guanajes o Gua-naxas (Yucatán) ya le habían hablado al Almirante de la fama de Carabaró como lugar donde se encontraba mucho oro.

Dice por su parte, aunque no sabemos en qué se funda pues Hernando no lo menciona en su obra, “que sólo las mujeres cubierto lo vergonzoso” llevaban.

También menciona el hecho de que los indios isleños contaron al Almirante que había mucho oro “muy cerca de donde estaban” en la tierra firme.

El Padre Las Casas conversó con uno de los testigos presencia­les de aquel viaje, el piloto Pedro de Ledesma, a quien conoció tiem­po después y que le relató lo siguiente: “salieron a los navios ochenta canoas con mucho oro, y que no quiso el Almirante rescibir alguna cosa”. Y dándose cuenta de que la cifra de ochenta canoas no se la van a creer sus lectores, aclara: “Su hijo del Almirante, D. Hernan­do Colón, que allí andaba, puesto que niño de trece años, no hace mención de ochenta canoas, perú pudo ser que viniesen ochenta, una vez 10, y otras veinte y así llegaron a 80, y es de creer que mejor cuenta desto temía el piloto dicho, que era de cuarenta y cinco y más años, que no el niño de trece”.

Pero Colón y sus tripulantes apenas pasaron la vista por los cerros de la Cordillera del Istmo, descubriendo las costas y tomando un leve contacto con el habitante de estas regiones y zonas litorales.

La tierra adentro sería descubierta desde el Océano Pacífico, por expediciones que seguirían la ruta más difícil, a través de la im­ponente y escarpada cordillera que aún hoy produce temor en los ánimos más templados. Esta labor estaría reservada a un hombre extraordinario, cuyo valor todavía no ha sido apreciado en Panamá como se merece, seguramente por desconocimiento de la historia de sus hazañas. Me refiero al Adelantado Juan Vázquez de Coronado.

* LOS INDIOS TERIBES DE PANAMA. 1967. Capitulo III. Descubrimiento de la región. Trabajo presentado al XXXVII Congreso Internacional de Americanistas, septiembre de 1966.

10“Carta que escribió D. Cristóbal Colón, Virrey y Almirante de las Indias a los cristianísimos y muy poderosos Rey y Reina de España, nuestros Señores, en que les notifica cuanto le ha acontecido en su viaje; y las tierras, provincias, ciudades, ríos y otras cosas maravillosas, y donde hay minas de oro en mucha cantidad y otras cosas de gran riqueza y valor” (Una copia puede verse en Martín Fernández de NAVARRETE, “Colec­ción de Viajes y Descubrimientos”, Madrid, 1825, t. I, pág. 296).

11 Y una copia del cual puede verse en Martín Fernández de Navarrete, “Colección de Viajes y descubrimientos”, Madrid, 1825, t. I, p. 282.

12“Vida del Almirante D. Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Hernando”, Fondo de Cultura Económica, Méjico-Buenos Aires, edición 1947, cap. XCII, p. 283 y ss.

13 Almaizares, es palabra que proviene del árabe, álmizar, que es una toca de gasa usada por los moros.

14Véase Colón, “Carta de Jamaica”. Dice así: “Dos indios me llevaron a Carambarú, a donde la gente anda desnuda y al cuello un espejo de oro, mas no le querían vender ni dar a trueque. Nombráronme muchos lugares en la costa de la mar, adonde decían que había oro y minas, el postrero era Veragua”. (Es lástima que el Almirante no fuera más curioso y ano­tase todos estos nombres; pero su estado de salud al parecer le había res­tado muchas de sus energías y lo que escribe lo hace sólo mucho más tarde recordando de memoria o con el libro de navegación delante de él).

15Diego de Porras: “Relación … etc.” nov, 1504.

16Hernando Colón: “Vida del Almirante.. .”, loe. cit. p. 283.

17En la edición consultada del Fondo de Cult. Econ. de Méjico-Buenos Aires de 1947 dice rocas y no bocas, pero se trata de un error tipográfico no corregido, no hay fe de erratas tampoco, ya que si se tratase de rocas no sería el lugar “muy a propósito para entrar y salir con todos los vientos” como dice don Hernando. Si consultamos al P. Las Casas, “Historia de las Indias”, t. II, p. 280, edic. Fondo de Cult. Econ., Biblioteca Americana, 1951, observamos que transcribe este mismo pasaje del relato del hijo de Colón que consultó y copió fielmente: “Navegó a la de Carabaró, la última luenga, hacia el Oriente, donde había una bahía de mar de seis leguas de longura y de ancho más de tres, la cual tiene muchas isletas y tres o cuatro bocas, para entrar los navios y salir muy buenas con todos tiempos, y por entre aquellas isletas van los navios, como si fuesen por calles, tocando las ramas de los árboles en la jarcia y cuerdas de los navios; cosa muy fresca y hermosa”

18En la obra del P. Las Casas (loe. cit.), en lugar de vientos, dice tiempos: “Para entrar los navios y salir muy buenos con todos tiempos”.

19El P. Las Casas en su obra mencionada explica lo que es la canoa aña­diendo al relato de Hernando Colón esta aclaración: “Después de haber surgido y echado anclas los navios, salieron las barcas a una de aquellas isletas, donde hallaron 20 canoas o navecitas de un madero de los indios”. El subrayado es nuestro, y expresa la definición que da Las Casas de las canoas monóxilas.

20Gucmín: Oro de baja ley fabricado por los indios, por extensión se llama­ba así a las joyas fabricadas del mismo metal.

21El subrayado de esta frase de Hernando Colón es nuestro, y lo anotamos así para que más adelante podamos hacer referencia fácilmente a este párrafo de Hernando Colón cuando se hable de las minas de oro de la Estrella.

22El subrayado como el anterior es nuestro y lo anotamos para que más adelante al hablar del poblador primitivo podamos hacer referencia mas fácilmente a este párrafo de Hernando Colón.

23A propósito de estas águilas como se les suele llamar, considero que se trata de un error de interpretación que ha venido sucediéndose desde la época del descubrimiento. Águilas lo llamaron los conquistadores porque así les pareció el símbolo, y porque efectivamente se parecen al emblema tan característico de la realeza en Europa, pero los indios del Istmo no conocieron las águilas, y sí en cambio los gallotes, zopilotes o buitres ame­ricanos, comedores de carroña, servicio sanitario de la poblaciones rurales aún en nuestros días. Tal creemos que el indio trató de representar el gallote como símbolo de la muerte, animal al que tuvo en gran estima, por relacionarlo con el más allá. De manera que estas “águilas” debían de llamarse “gallotes” aunque el nombre suene menos romántico, pero más exacto.

24Fray Bartolomé de Las Casas: loc. cit. p. 280.