Comarca Madungandí sigue en su lucha

COMARCA.

Kunas de Madungandí no se rinden

Urania Cecilia Molina
umolina@prensa.com

Los indígenas kunas de la Comarca Madungandí siguen dispuestos para la lucha.

Hoy se reunirán en la comunidad de Ipetí para decidir qué otras acciones tomarán para exigir al presidente, Martín Torrijos, que les cancele una indemnización, en efectivo, de 8 millones de dólares.

Los indígenas reclaman una compensación por las afectaciones que sufrieron sus tierras en la década de 1970, por la construcción de la hidroeléctrica Ascanio Villalaz.

El abogado de los indígenas, explicó que además de la compensación, los indígenas piden el desalojo de los “colonos” de sus tierras.

Los aborígenes informaron que no se reunirán con representantes del Ejecutivo hasta que no haya una respuesta a sus demandas.

El pasado mes de octubre, agentes de control de multitudes y de frontera de la Policía Nacional (PN) se enfrentaron a un grupo de indígenas, que, en busca de reivindicaciones sociales y económicas, trancaron la vía a la altura de Lago Bayano.

 

El resultado de los enfrentamientos fue de 14 personas heridas, entre unidades de la PN, civiles e indígenas, además de 97 detenidos.

Huertas explicó que hoy en la tarde podría conocerse la decisión a la que lleguen los moradores de la Comarca Madungandí.

Lo que yo ví en Madugandí, historia de un asalto policial a indígenas

ENFRENTAMIENTOS.

Lo que yo vi en la comarca Kuna de Madungandí

Mauricio Tolosa

“Enfrentados por tierras”, “Reyerta en Bayano”. Estos son titulares que describen el “incidente” ocurrido el miércoles en la comarca kuna de Madungandí. Las fotografías lo confirman: indígenas con las manos tras la nuca custodiados por la Policía de frontera. En las imágenes de la televisión: policías heridos por perdigones. La versión va tomando fuerza; indígenas con armas, drogas, etcétera. Todo habla de un enfrentamiento entre fuerzas iguales. No es lo que yo vi.

Como en tiempos de Cortés y Moctezuma, uno puede preguntarse cómo tan poquitos policías pudieron controlar a tantos indígenas. Y como en los tiempos de Cortés, las respuestas siguen siendo las mismas: las promesas faltadas, las negociaciones sin propósito, la superioridad tecnológica y militar, la no consideración del “otro” como un ser humano digno de respeto.

Iba camino al Darién, y por segundo día consecutivo me detuve al llegar al puente sobre el río Bayano. El tránsito estaba bloqueado; al igual que el día anterior bajé a caminar hacia el pueblo y aprovechar de hacer algunas fotografías, sospechando que la situación iría nuevamente para largo.

Al llegar a Bayano uno está en otro país. Así se siente, al menos: gente pequeña, cuerpos menudos, ojos rasgados, una lengua asombrosa. La sensación de ser extranjero, único entre todos, es inmediata. En ciudad de Panamá uno nunca la tiene. Claramente es otro territorio, otro pueblo, otra cultura.

La comunidad reclamaba el pago prometido de una negociación con el general Omar Torrijos como indemnización por inundar sus tierras para construir la represa hace 31 años. Según los voceros, el acuerdo había sido un pago anual de por vida, pero este solo se realizó durante los tres primeros años. Además solicitaban que Panamá ratificara el artículo 169 de la OIT, y el cese de las invasiones de terrenos por los campesinos mestizos.

Demandas habituales. Gente sentada en medio del camino detrás de unas ramas y de improvisados carteles garrapateados en papel. Camisetas del Barcelona entre los más jóvenes. Calor. Una gran fila para tomar jugo de fruta servido desde una enorme olla popular. Se respiraba ese ánimo de día libre que se hace presente cuando la ciudadanía se toma la calle.

Entre medio de todos, dos jóvenes un poco más vociferantes, con mallas que cubren sus rostros, portan una rama deshojada como arma letal. La mayoría están sentados a la orilla del camino. El sahíla y el cacique visten con camisa de color vivo, sombrero y corbata, descalzos, y están sentados bajo un techo, esperando. Solicitan la presencia del presidente Martín Torrijos, hijo del general con quien llegaron al acuerdo hace tres décadas. Otra autoridad del pueblo, también de sombrero y corbata, negocia mediante un traductor con un jefe policial que casi le dobla en tamaño y ciertamente en peso.

A la entrada del puente, dos o tres camionetas de la Policía, cargados con antimotines, ven pasar el tiempo, algunos descansando en el piso, bromeando. Alrededor el lago tranquilo, un espejo rodeado de colinas verdes. Al otro lado del puente hay acuerdo para que salga un transporte hacia Darién; unos pasajeros molestos caminan para alcanzar el bus pintado y seguir su camino.

De pronto, algo ocurre: los antimotines se levantan en pie de guerra y disparan lacrimógenas. A un costado, un grupo de indígenas forcejea con los policías que cubren la estación con sus escudos transparentes. Entre ellos, un policía comienza a hacer disparos con su carabina. Por la carretera avanza otro piquete de antimotines con sus escudos; desde un flanco un agente dispara una escopeta; no al aire, exactamente hacia donde me encuentro, hacia la gente: no hay más de 10 ó 15 personas, dispersas, ni siquiera manifestándose; luego veo a otros disparar bombas lacrimógenas, tres de las cuales rebotan a menos de cuatro metros de donde me encuentro. Siguen disparando hacia la gente. Me refugio detrás de un muro y le doy la vuelta a una construcción. Me encuentro frente a una patrulla de frontera que asalta el lugar con fusiles y pistolas en mano.

Desde lo alto del camino caen algunas piedras, lanzadas a los policías. Sobre el pavimento quedan numerosos cartuchos de escopeta lanzados desde las fuerzas de pacificación.

¿Qué pasó? ¿Cómo de pronto se transformó el “día de campo” en un asalto en el que quedaron 90 kunas prisioneros? ¿Por qué no se negoció? ¿Por qué tanta violencia? “Somos personas, no animales”, gritaban los indígenas.

El maltrato refleja el desprecio. Es la violencia que se puede ejercer impunemente contra quienes parecieran no tener el respeto de la sociedad, porque son diferentes. Evidentemente no es un problema exclusivo de Panamá. Es la deuda histórica de las sociedades de América Latina con sus pueblos originarios, es el reconocimiento a la diversidad multicolor interna, es la necesidad de respetar esa diferencia, de comprenderla, de hacerse cargo de apoyarla y cuidarla. De generar una comunidad de propósitos y de convivencia. De diseñar un desarrollo satisfactorio para todos.

Comprender, respetar, comunicar: son los verbos básicos para la convivencia en la comunidad global. Practicarlos es tarea de todos.

 

El autor es consultor en comunicaciones

Conmemoración y repudio tras 515 años del descubrimiento de América

Conmemoración y repudio tras 515 años del descubrimiento de América

Grupos indígenas marcharon en rechazo al proceso de colonización de América durante los últimos 500 años.

Guillermo Yángüez
Rogelio Adonican
radonican@estrelladepanama.com

Las protestas continuaron ayer en la ciudad capital. El 12 de octubre es una fecha no muy grata para los indígenas de Panamá y de toda Latinoamérica.

Para los aborígenes nacionales la fecha no conmemora el encuentro de dos mundos, como muchos tratan de pintarla, sino que trae malos recuerdos de las atrocidades de los españoles al llegar al continente americano.

Ayer, unos 200 indígenas de las étnias ngöbe, buglé y kunas, junto a grupos estudiantiles de la Universidad de Panamá protestaron dentro y fuera de la Universidad de Panamá, en repudio a la situación de los indígenas en la actualidad y conmemorar la fecha.

Los indígenas iniciaron una marcha a las 10:30 a.m. desde la Biblioteca Simón Bolívar hasta la Facultad de Humanidades, luego salieron a la Transístmica, donde se mantuvieron coreando consignas y portando pancartas, con mensajes dirigidos al gobierno central.

En medio de la protesta intentaron quemar una bandera española, pero no se les permitió, por la gran cantidad de vehículos que se encontraban en el estacionamiento.

Las pancartas tenían mensajes de repudio de manera enérgica a la situación de la Comarca Ngöbé-Bugle, donde han muerto, según cifras del gobierno, 17 niños, a causa de una enfermedad pulmonar.

La protesta, que dio inicio en la Universidad de Panamá, se trasladó hacia las afueras del Hotel Panamá, donde levantaron su voz de protesta por los proyectos hidroeléctricos de Bonyic y Tabasará, que se construyen en la provincia de Bocas del Toro, y los diferentes centros turísticos que atentan contra la constitución comarcal del área.